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La presencia de la reina Letizia ha dado un brillo imprevisto a la celebración de los primeros 50 años de Adolfo Domínguez (AD), la empresa ourensana de moda textil y complementos. La reina de España se ha convertido en una referencia para varias generaciones de mujeres y de la sociedad española en general. Su perfil personal, labrado en ámbitos y circunstancias no habituales entre consortes reales, ha hecho de Letizia Rocasolano un icono de contemporaneidad y aire fresco en una institución que, por su naturaleza, tiende al protocolo, la distancia y el control milimétrico de palabras y gestos.
Letizia ha querido estar en Ourense, en la planta fabril de San Cibrao das Viñas, acompañando a la familia propietaria y a los empleados. El gesto real tiene una importancia y una trascendencia que no conviene minusvalorar. Un gesto que no puede ser solo la demostrada vocación de la reina por los diseños de la emblemática empresa ni la redondez del aniversario ahora celebrado. En el espíritu de AD están presentes, como estratos sedimentados de estas cinco décadas, un conjunto de aspiraciones relacionadas no solo con la propia imagen, que han ocupado a varias generaciones.
Hay en los diseños de AD y en los mensajes de su trabajada publicidad una voluntad de estilo que trasciende el consumo irreflexivo y, en el extremo, la urgencia de la moda.
Se ha dicho, a veces de forma peyorativa, que AD vistió a la generación de los progres de finales de los setenta y la década de los ochenta. Es cierto, era el aire del tiempo. Los diseños, tanto para mujer como hombre, rompían los corsés tradicionales del vestido, también los mentales asociados al nuevo estilo urbano, a través de formas amplias y desestructuradas y una paleta de tejidos, tonos y patrones que evocaban la libertad, todo ello entreverado con un medido exotismo de modernidad oriental que el paso de los años no ha cesado de perseguir.
Cincuenta años son muchos para una mediana empresa grande, que lucha al céntimo por salvar las cuentas anuales y mantiene una estimable presencia física en los mercados, complementada con una oferta “online” que busca su afianzamiento. Hay en los diseños de AD y en los mensajes de su trabajada publicidad una voluntad de estilo que trasciende el consumo irreflexivo y, en el extremo, la urgencia de la moda. Somos muchos, de todas las generaciones, quienes percibimos y tenemos en cuenta esta sensibilidad que atraviesa ahora el medio siglo de vida de la empresa.
Si cupiera pedir un deseo para las próximas décadas, sería el de ser capaces de presentar, con vocación estable, en un lugar céntrico de Ourense ciudad, la colección que mostrara los diseños más significativos de estas cinco décadas de AD. Sería una oportunidad para valorar, como merece, el titánico y maravilloso esfuerzo realizado. Alcanzaríamos, al término del recorrido, una conclusión siempre necesaria: la coherencia.
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