Absentismo, causa sin consigna ni pancarta

Publicado: 05 may 2026 - 01:41
Opinión en La Región
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Un año más han tomado nuestras calles las manifestaciones sindicales del Primero de Mayo. Tienen ya mucho de ritual previsible, casi litúrgico. Repiten recorridos y consignas (salarios dignos, jornadas justas, vivienda accesible y hasta las pausas para el café). Se reivindica mucho, sí, pero siempre dentro de un perímetro cuidadosamente acotado.

Los sindicatos han perfeccionado el arte de seleccionar causas con bisturí político. Lo que incomoda al empresario entra en el megáfono, lo que exige autocrítica, o molesta a los propios representados se queda en casa. Así, más que actuar como contrapeso, acaban funcionando como filtro: amplifican unas reivindicaciones mientras amortiguan otras. Con el tiempo, ese desequilibrio los acerca menos a la solución y más a una parte, no menor, del problema.

Sin ánimo de discutir la legitimidad sindical, Dios me libre porque juegan un papel constitucional, me resulta cuanto menos curiosos, que en esas manifestaciones “festivas y reivindicativas”, no les hayamos oído decir nada sobre el absentismo laboral, pese a que hablamos de un problema que ya no es anecdótico. España cerró 2025 en torno al 7,1%, con cerca de 1,6 millones de personas faltando cada día a su puesto. Galicia, siempre fiel a su carácter diferencial, se mueve en cifras aún más altas, alrededor del 8,6%, con bajas de larga duración que ya forman parte del paisaje laboral. Aquí no se falta poco, se falta con perseverancia. Para conocer mejor este fenómeno recomiendo un magnífico estudio elaborado por las Universidades de Santiago y Vigo para la Confederación de Empresarios de Galicia, presentado estos días.

El absentismo tiene, además, una peculiar capacidad para diluir responsabilidades. Siempre es culpa de algo: del sistema sanitario saturado, de las condiciones laborales, del clima, de la burocracia o, en última instancia, de una vaga “situación estructural”. Nadie parece ser directamente responsable y, por tanto, nadie siente la urgencia de corregirlo. Es un problema de todos y, a la vez, de nadie. Y ya se sabe que lo que no tiene dueño difícilmente encuentra solución.

Los costes se disparan, la productividad se resiente y la organización del trabajo se vuelve un sudoku permanente. Pero hay más. El absentismo no se reparte de forma aleatoria ni inocente. Se concentra en determinados días (los lunes con resaca de fin de semana largo o los viernes estratégicamente alargados) y en ciertas franjas que invitan más a la tentación que a la dolencia súbita. No todas las ausencias responden a un parte médico incuestionable y muchas se mueven en ese terreno resbaladizo donde la necesidad se mezcla con la oportunidad. Y ahí es donde el sistema empieza a parecer menos un escudo social y más un colador. Pero claro, eso tampoco cabe bien en una pancarta, demasiado incómodo y poco épico.

Lo más llamativo no es la existencia del problema, sino la naturalidad con la que se ha integrado en la vida cotidiana. Nadie organiza manifestaciones contra ella, nadie redacta manifiestos.

Cada Primero de Mayo celebramos el trabajo evitando cuidadosamente hablar de su ausencia. Como si el problema fuese a solucionarse por incomparecencia. Y quizá ahí resida la mayor ironía, que en el día de la reivindicación laboral más visible del año, el debate más urgente se quede, una vez más, sin salir a la calle.

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