Sergio Otamendi
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Con su proverbial habilidad para el retrato costumbrista local, se hacía eco este periódico la semana pasada de la noticia sobre un accidente de tráfico en Toén, donde un coche deportivo que asistía a la presentación del Rally de Ourense se salió de la vía, derribando el muro de una propiedad privada y acabando empotrado en un huerto; situación ante la que el dueño de la finca exclamó agobiado: adeus pementos!
La expresión trae a la memoria el título “Adiós, muchachos” (Au revoir, les enfants) de la película francesa de 1987 escrita y dirigida por Louis Malle, sobre un episodio real de su infancia durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial. No cabe confundirla con su homóloga argentina, de 1955, en torno a dos amigos de barrio que logran abrirse camino en el mundo de la música y en la que suena, entre otros, el célebre tango del mismo nombre.
La película deja abierta la cuestión de hasta qué punto el niño es responsable
La historia de la película francesa transcurre en 1944 en un internado católico. El protagonista, Julien Quentin, es un niño de doce años que conoce a Jean Bonnet, un compañero reservado y muy inteligente. Al principio, existe cierta rivalidad entre ellos, pero poco a poco se convierten en amigos. Julien acaba descubriendo que Jean es judío y que el director del colegio, el padre Jean, lo está ocultando para protegerlo de los nazis.
En la escena final, durante la redada de la Gestapo, Julien mira instintivamente hacia Jean y, sin querer, delata la posición de su amigo. La película deja abierta la cuestión de hasta qué punto el niño es responsable; aunque, en la interpretación más habitual, se trata de un gesto involuntario y profundamente humano, y que el verdadero peso de la culpa recae sobre el sistema de persecución nazi y quienes colaboraron con él.
La despedida del padre Jean con su “Adiós, muchachos; hasta pronto”, que da título al filme, adquiere un sentido trágico, porque el espectador ya sabe que ni el sacerdote ni los niños deportados volverán. Además, el propio director lo confirma, añadiendo al final una nota autobiográfica: tanto el cura como los tres estudiantes judíos murieron en los campos de concentración. El recuerdo de aquel día acompañó al director toda su vida.
Por contraste, enfrentado al derribo de un muro de su propiedad y a la vista del coche accidentado, con posibilidad incluso de que hubiese resultado alguna persona herida, no deja de ser curioso, incluso gracioso, que lo primero en lo que pensó la persona afectada fuera en sus pimientos. Hay quien podría pensar que lamentarse de perderlos, en lugar de hacerlo por el muro de la casa, es como mirar el dedo cuando alguien te señala la luna.
Una sociedad que priorice los pimientos corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que lo verdaderamente importante ya se ha despedido
Pero cada cual vive los avatares de la vida según su propia escala de valores y dependiendo de las circunstancias en que se encuentre. Ahora bien, en los tiempos recientes vemos elevar la anécdota a categoría, no precisamente en el sentido que le diera Eugenio d’Ors (para extraer un principio universal de un suceso cotidiano); sino, más bien, para quedarnos en lo intrascendente, olvidando lo que es importante de verdad.
Y que eso lo haga cada uno para sí, en cuestiones de índole puramente personal, nos podrá parecer más o menos simpático, nos hará gracia o levantar una ceja. Pero, a nivel colectivo, una sociedad que priorice los pimientos corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que lo verdaderamente importante ya se ha despedido. Es el peligroso paso que recorre la distancia entre el solemne “adiós, muchachos” y el sonoro “adeus pementos”.
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