Eduardo Medrano
TAL DIA COMO HOY
Michael Jackson
EL ÁLAMO
La bruma artificial de los bares con poca luz crea una atmósfera ambigua, propicia para poetas de la tristeza, y para bardos de la alegría, para la decepción, o para la tremenda sorpresa. En el fondo del local, donde la niebla se escarcha en los ventanales, había en los ojos de ella dos faros de ilusión, desplegando haces de luz al momento de verlo, como si algo de otro mundo hubiera prendido la llama de una inmensa hoguera.
“Déjame que te recuerde así tal como eras, cuando dabas un pequeño grito al saludar”, como cantaron aquellos Mala Suerte. Sus manos, medusas dormidas flotando en el magma de la noche, se volvían al instante afiladas, enérgicas y esbeltas espigas, y su cuerpo vencido por el cansancio se enderezaba como un gato ante el peligro, pero no en además de miedo, sino de tersa felicidad. Era el ritual de los días de encuentro, cuando dos corazones danzantes en las alturas, se veían de nuevo los ojos tras la ausencia. La mirada de la complicidad y la sonrisa de un alivio de luto. En su cuerpo, toda la juventud, en sus brazos la calma, en su noche oscura, la alborada.
En él, cada noche, habitaba una duda y un anhelo, y el aroma deseado, el deseo de “las manos en su pelo” que cantó el maestro Antonio Vega en “El sitio de mi recreo”. Venía con el mar, a los pies de la marea, esperando la belleza de un paisaje siempre inédito, escudriñando a lo lejos los crespones negros del corazón hermanado, buscando en ella todo desvelo, para paliarlo, para teñirlo de luz, como acaricia el amo a su perro inquieto por la tormenta.
Era tan solo un segundo, un resplandor de intimidad en medio de las masas. El fuego de una mirada, el final de una guerra mundial. La ausencia, en ese instante del amor encrespado de los primeros días, es tormento, una espiral de ansiedad, una alegría contenida. El encuentro, el abrazo de la calma, el bálsamo de todas las soledades que nos agreden, a los mortales, cuando echamos en falta aquello que da sentido y color al camino gris del vivir.
A los ojos de los extraños, de los neófitos, un ritual cortés más de la noche, un exacerbo del cariño, a veces les resultaba incómodo y hostil, un código infantil del que reírse. Pero los poetas de la tristeza y los bohemios de la madrugada nunca pasaban por alto el encuentro, donde dos almas que se buscan durante horas o días, al fin descansan sosteniéndose, lo más lejos posible de la tierra, allá donde solo pueden respirar los ángeles, allá a donde aspiran a llegar las flores estirando el tallo, los árboles espigados, y la danza superior de las primeras golondrinas.
Idealizamos la pasión, los besos, los amores largos y las lealtades inquebrantables. Idealizamos los amores imposibles, los fracasos, y las grandes decepciones. Idealizamos las largas conversaciones del amor maduro, los enormes gestos del cariño, los heroísmos de los novios que desean proteger lo propio ante la hostilidad del tiempo que vivimos. Idealizamos las rodillas en el suelo, todo amor romántico, y hasta la gran aprobación de los que observan, como si tal cosa aportara algo a dos almas que se quieren. Lo idealizamos casi todo en el amor y, sin embargo, en estos días de primaveras y comienzos, pocas veces prestamos atención al valor infinito del ritual minúsculo del encuentro, en esos días en que todo es nuevo, todo es bello, todo es ilusionante. En esos días en que cada caricia es una descarga de electricidad tan grande que podría iluminar toda la ciudad.
Por eso es importante todavía la mirada de los poetas. Porque con ellos el mundo aún no es un enigma, ni una fórmula matemática, ni un páramo de belleza. Ellos intuyen en dos miradas, entre vapores de alcohol, lo que la física, la química, y toda otra ciencia, es incapaz de explicar.
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