Itxu Díaz
Hacer un castillo de arena
Todo hombre lleva a un constructor dentro. Nos gusta levantar cosas efímeras. Levantamos la voz, levantamos los brazos, y levantamos castillos de arena. Hay quien piensa que se trata de un juego de niños. En realidad, construir castillos de arena es una de las diversiones para adultos más excitantes del verano. Para los mayores, los niños son la excusa ideal para edificar en la playa sin tener que pelearse por la licencia municipal. Por lo general, el niño se cansa al poco tiempo de empezar las obras, mientras que el varón adulto puede permanecer horas cavando a pleno sol, quizá un recuerdo atávico de los tiempos de Altamira. No está construyendo un castillo, o creando una diversión para su hijo. Muchos no lo entienden, pero está levantando el corazón de un imperio.
LOS ORÍGENES
Es imposible datar el primer castillo de arena de la historia. Se lo llevó el mar. No obstante, los historiadores sugieren que la moda explotó en los siglos XVIII y XIX con el auge del turismo de playa en Francia, Reino Unido y Estados Unidos. La prensa británica comenta los castillos de arena que hacían los niños en el siglo XIX, al tiempo que exalta la extendida práctica del lanzamiento de piedras planas contra el mar, contando sus botes; otro divertidísimo pasatiempo cada vez más denostado por las quejas encolerizadas de los aficionados a la creciente afición de las clases de submarinismo.
HERRAMIENTAS
Al respecto, como experto en la materia, solo un consejo: nunca escuches la voz interior que insinúa que puedes levantar un castillo de arena con la única ayuda de tus propias manos.
UBICACIÓN
Si vas a hacer un castillo de arena, sígueme de cerca aquí, lo ideal es hacerlo en un lugar donde haya arena. Como no lo puedes edificar en el interior de la cabeza de ningún ministro, te sugiero hacerlo en la playa. Dicen que lo perfecto es levantarlo con la fachada hacia el norte, pero como no sabes dónde está el norte, ni el sur, ni quizá la fachada, lo mejor es que lo construyas ahí mismo.
PERDURABILIDAD
Cuando hacemos un castillo de arena siempre pensamos en cuánto tardará el mar en derribarlo. Consultar una tabla de marea profesional te ayudará a preguntar al socorrista cuándo demonios sube la marea con suficiente ímpetu para derribar tu construcción. Una ley no escrita señala que cuanto más bonito y espectacular ha quedado tu castillo, antes será arrasado por una ola traidora, provocando la risa de los niños y el llanto del adulto que lo ha construido.
Un castillo debe levantarse para toda la vida y, por supuesto, inspirarse en la arquitectura medieval. El mar, pronto, hará su trabajo, pero nunca olvides que se trata de una competición entre las aguas y tú. Por eso es una actividad típicamente masculina, porque solo un hombre herido en su orgullo podría empeñarse en desafiar la fuerza del mar construyendo foso y elevadas murallas alrededor como si hubiera al menos una posibilidad de que las aguas respetaran la edificación. Honor a los soñadores.
EL QUE OPINA
En el preciso instante en que estás más encorvado –ese característico tiro de ciática-, más quemado, y más mareado por el esfuerzo, probablemente construyendo el último de los cimientos fundacionales del castillo, aparecerá “el que opina”. Primo lejano de aquel que se apoya en la barandilla a comentar las obras municipales, el que opina en la playa suele presumir de suntuosos conocimientos de arquitectura: conoce la densidad de la arena, comenta en nudos la fuerza del viento, calcula a ojo la distancia entre los puntos clave de los cimientos, y siempre considera que tus cálculos son incorrectos. Al que opina puedes no hacerle caso si quieres, pero lo importante es que no lo escuches. Cientos de castillos preciosos se han echado a perder por escucharlo, con el consiguiente estallido de ira del constructor, que se levanta a pegar nariz con nariz contra el que opina, pisando accidentalmente la enorme torre del homenaje.
BELLEZA VS EFICACIA
Un castillo debe ser eficaz. Y, si es posible, bonito. Un castillo eficaz es aquel que no se derrumba al primer golpe de mar y, sobre todo, por el amor de Dios, aquel que no se viene abajo solo. La caída del castillo antes de que lleguen las olas del mar es lo que se conoce entre los expertos como “el gatillazo de playa”. Una vergüenza. Si te ves tan torpe como arquitecto amateur como para que ocurra algo así, mi consejo es que intentes construir un foso. Es posible que también se vaya al infierno con un golpe de mar, pero lo único seguro es que no se te derrumbará delante de todos los mirones.
Adornar un castillo de arena es lo más complicado. Normalmente se hace al final, cuando ya has levantado tu fortaleza, pero muchos hombres han caído presos de la melancolía durante largos periodos por cargarse todo un castillo intentando con una pequeña herramienta hacerle un último adornito de dudosa sexualidad a la ventanita de una de las torres. Hay quien hace los adornos con ayuda de diferentes moldes, pero imagino que es la misma gente que come percebes con cuchillo y tenedor.
LA GUERRA
Práctica muy poco conocida pero entretenidísima es declarar la guerra a un castillo rival. La contienda se resolverá a bolazos de arena y vencerá aquel que logre mantener la mayor parte del castillo en pie transcurrido el tiempo acordado para la actividad. En caso de que el castillo lleve niño dentro, vencerá aquel que logre que el niño sobreviva sin haber perdido extremidad alguna, ni los ojos, a causa de la metralla.
RECIBIR VISITAS
Por último, a la hora de levantar tu fortaleza, es importante mirar alrededor. Ningún hombre admite que su castillo sea más pequeño que los de los competidores. El pasado año dos amigos míos se picaron en esta aventura y acabaron recibiendo las quejas de los demás bañistas por haber dejado el 90% de la playa a la sombra. Tampoco hay que excederse. Pero siempre hay que levantar el castillo más alto y, si se puede, más grande. El objetivo final de levantar un gran castillo es recibir en su interior las visitas de los niños. Nada hace sentir más orgulloso de su padre a un zagal que poder asomarse por las ventanas de una de las torres y pegar unos cuantos gritos de guerra. Si el que puede hacerlo eres tú, el castillo te ha salido demasiado grande, y es cuestión de tiempo que el ayuntamiento lo incorpore al catastro; ¡feliz IBI nuevo!
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