Víctor González
MI PLAN PERFECTO
Cuento de verano
MI PLAN PERFECTO
Todo el mundo conoce el famoso “Cuento de Navidad” de Dickens, con su odioso Mr. Scrooge y los copos de nieve derramándose sobre casitas londinenses como si Londres fuera un paisaje encerrado en una bola de cristal que cobra vida al agitarla, y que desaparecerá al romperse como aquel Rosebud que añoraba siendo un anciano moribundo Ciudadano Kane.
Hay cuentos de invierno y cuentos de verano. Este periódico me pide uno de verano así que de pronto me siento como Lope de Vega: “Un soneto me manda hacer Violante / en mi vida me he visto en tal aprieto”.
Pero en fin, lo intentaré.
En los sesenta siendo yo un crío recuerdo los inviernos ourensanos cruzando un mundo helado a las ocho de la mañana con mi carterita camino del cole, y ya escribí una vez sobre eso en un libro hace tiempo. Como no me apetece escribir hoy nada nuevo lo pongo aquí tal cual y así me ahorro parte del artículo.
La clave de este truco es que a mí lo que me gusta del verano en realidad son las tormentas.
Va aquel texto.
“Nací un verano de 1960 en Ourense, una pequeña ciudad del noroeste de España, un día en que el cielo pareció querer destruir la tierra. Según mi madre la peor tormenta que recuerda en toda su vida. Supongo que los dolores del parto contribuyeron a acentuar y fijar ese recuerdo en su memoria de una forma tan intensa.
El caso es que aquel día hubo en Ourense una tormenta de verano violenta, brutal, como solo las hay en la Galicia interior a veces cuando el mundo decide poner a los hombres en su sitio. El cielo era negro encima de la Catedral y sobre el claustro de San Francisco, y encima del sanatorio donde nací a solo unos metros del río.
En el Parque de San Lázaro los pájaros piaban como una muchedumbre aterrorizada refugiándose en las enramadas, y en la Alameda el plateado kiosko de la música empezaba a parecer una embarcación al borde del naufragio en medio del temporal. Puedo imaginarme fácilmente a la Wallace Hartley Band, apoyándose en su bella barandilla modernista para no perder el equilibrio y tocando por última vez “Nearer, my God, to Thee”.
Estoy fantaseando claro está: la Alameda no era el Titanic y yo, a pesar de llamarme Víctor como el mayordomo de Benjamín Guggenheim, no estuve allí manteniendo el tipo en medio del desastre.
Pero lo que sí es cierto es que nací a contramarea, una noche que hubo a las once de la mañana un día. Y vine a esta tierra que me costará abandonar, acunado por una extraña oscuridad en la mañana. Por los truenos, por las aguas que inundaban las calles y por el reflejo restallante de los relámpagos en el cercano Miño, el gran padre de los ríos del mundo como lo llamaría tal vez ese mismo año Cunqueiro en algún cuento. Relámpagos. Relámpagos iluminando la fachada barroca, hermosa y brutal de la iglesia de Santa Eufemia y jugando al fin del mundo bajo los arcos romanos del puente viejo. Relámpagos. Como si Dios por entretenerse estuviera haciendo unas malditas fotografías con flash. Y fui entonces lo único que uno es: un niño, uno más.
No sé si se habrán fijado ustedes pero yo he visto a lo largo de mi vida que es muy común que a las personas que nacen en verano les guste el verano; y a las que nacen en invierno, el invierno. No soy supersticioso e ignoro si existe una explicación científica para esto, pero siempre he creído que mi nacimiento en esas circunstancias es la razón de que me gusten tanto las tormentas. Me encantan en el sentido real de la palabra encantamiento. Me hacen perder el sentido. Cuando hay una tengo que salir a la terraza o a la calle para sentirla en vivo, sobre la piel. Por supuesto actualmente salgo abrigado y con paraguas si bien confiando secretamente en que el viento lo rompa, lo que me proporcionará un inesperado placer añadido.
Porque desde que era un crío esa descarga brutal y desatada de las alturas, esa maldición de los dioses que truenan y resoplan como si hubieran perdido la razón, y esa locura de las aguas que parecen querer acabar con todo me emocionan como pocas cosas que conozco.
Las tormentas me transmiten una extraña sensación, una brutal pero apacible a la vez, la de que de alguna forma ese disparate indomable de los elementos que nos muestran lo pequeños que somos, devuelve mi ser por un instante a un estado original, único, perfecto. Uno que desconozco o que quizás he olvidado. Uno que no puedo entender pero uno sobre todo puro, único y natural. Yo en las tormentas me siento como en casa.”
Bien.
Hasta aquí lo transcrito. Y, tormentas aparte, mis recuerdos de infancia más añorados son claro está de verano.
Especialmente de aquellos eternos veranos de niño en A Guardia, inundado de sal y brisa marina como un pequeño duende en el paraíso. Haciendo castillos de arena húmeda en Camposancos al borde del río y el mar, ¡menuda conjunción de maravillas!. Cazando pulpitos a mano en Area Grande con mi prima, o capturando nécoras entre las rocas del puerto para que después las cocinara mi tía Chelo en sus deliciosos arroces.
Respirando el aire de caracolas y demás monstruos de soles y océanos, sueños imposibles en mi frío Ourense invernal.
Yo, que me crié en una ciudad blanca donde la terraza de mi casa se llenaba cada invierno con veinte centímetros de nieve (hoy ya no, maldades del cambio climático), durante toda mi infancia soñaba con el verano todo el tiempo.
El verano es, creo yo, una aspiración del corazón.
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