El anclaje de los libros

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 20 abr 2026 - 01:10
Opinión en La Región
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Rayuela es mi libro. Atravesé el umbral de su historia con la primera frase, “¿Encontraría a la Maga?” Con ella recorrí y revisité con calma todo el edificio construido por Cortázar. Con el tiempo entendí que ocupaba un lugar privilegiado en mi memoria no por ella, ni por Oliveira, ni por ese oscuro ático en París donde había jazz, tango y filosofía o, al menos, no solo por eso. Rayuela se quedó en mí porque la descubrí recién aterrizada en la vida universitaria. Compartí su lectura con quien recorrí un mundo nuevo que deseábamos conquistar. Parte de sus palabras se convirtieron en un lenguaje cómplice, solo de dos, como aquellas “botellas de leche en el umbral” que narraba el autor. Todo lo que supusieron aquellos años de ilusiones y sueños quedó encadenado a ese libro.

Ese objeto rebosante de palabras que nos transporta a otros mundos, otras épocas y nos hace partícipes de historias y conocimiento es, además, un anclaje firme que nos une a personas y momentos especiales.

Puede que el tiempo borre la historia que contiene, pero no lo que sentiste cuando te lo regalaron y entendiste que alguien se había tomado su tiempo para pensar en ti y conocerte. A lo mejor vas olvidando los personajes y sus dilemas, pero no la fuerte complicidad con quien te recomienda y te descubre autores a los que no hubieras llegado sola. Quizás solo recuerdes el título, pero hay portadas que te llevarán de vuelta a casa, al calor de familia, a la felicidad en la cara infantil de tu hermana al recibir el libro. No tendrás ni idea de quién es ese extraño sentado frente a ti en el autobús, pero esbozarás una sonrisa al descubrir que esa historia que lo mantiene absorto es la misma que te atrapó a ti unas semanas antes. Puede incluso que, aunque injustamente, exiliases a un autor porque su última obra te acompañó en unos días en los que la pena casi te ahoga.

Los libros no solo son ventanas abiertas que nos enseñan y nos hacen sentir, son también los ladrillos sólidos que sostienen la construcción de nuestro pensamiento, nuestra imaginación y nuestros vínculos. Es difícil que un solo libro se mantenga como el mejor a través de las diferentes vidas que nos toca vivir. Pero ¿quién dice que tengamos que elegir?

Debemos degustarlos despacio, entregarles el tiempo que necesiten y permitirnos atravesar esa sensación de duelo que nos invade cuando se acaban. Solo así podrán asentarse para formar parte de nosotros y nuestro mundo. Devorarlos con el objetivo de superar absurdos récords de consumo rápido con los que ganar seguidores solo alimentará la nada.

El jueves es el Día del Libro. Celébrenlo y después déjense atrapar por ellos el resto del año. Saldrán ganando.

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