El Banco Central Europeo pisa el freno

CUENTA DE RESULTADOS

No sin dificultades, la alimentación contiene los precios en la eurozona, pero la guerra en Irán encarece la energía y obliga al BCE a subir los tipos al 2,5%. Teme que la inflación se extienda a los salarios.

Publicado: 13 sep 2026 - 04:20
Sede del Banco Central Europeo en Fráncfort.
Sede del Banco Central Europeo en Fráncfort. | Europa Press

Hay una paradoja incómoda en la economía europea: las cosas van yendo y, precisamente por eso, el Banco Central Europeo (BCE) puede permitirse endurecerlas un poco. La zona euro está resistiendo mejor de lo esperado las turbulencias provocadas por la guerra en Irán, el crecimiento no se ha desplomado y los alimentos van sorteando el encarecimiento energético. Pero Christine Lagarde no parece dispuesta a esperar a que esa fotografía tranquilizadora se estropee.

El BCE ha elevado los tipos de interés un cuarto de punto, hasta el 2,5%, en su segunda subida desde junio. La explicación parece sencilla: el petróleo y el gas llevan demasiado tiempo caros y cuanto más se prolongue esa situación, mayor será la posibilidad de que la inflación energética termine contaminando el resto de los precios.

Europa ya aprendió hace unos años que una inflación en apariencia sectorial puede convertirse en un problema general cuando empresas, trabajadores y consumidores empiezan a anticipar que todo será más caro. De momento, sin embargo, esa transmisión está siendo limitada. La inflación de la zona euro aumentó en agosto hasta el 3,3%, frente al 2,9% de julio, impulsada sobre todo por una energía que ya sube un 14,3% interanual. Pero los alimentos apenas avanzaron un 1,2%. Lagarde llegó a reconocer que semejante moderación ha dejado “perplejo” al BCE.

Desde el BCE ya se plantean cuánto tardarán los supermercados, los salarios y las empresas en acusar la inflación

La explicación puede encontrarse en una buena temporada agrícola durante la primera mitad del año y en que la factura energética todavía no ha recorrido toda la cadena de producción. Un barril de petróleo más caro no aparece automáticamente al día siguiente en el precio de una barra de pan. Antes tiene que trasladarse al transporte, los fertilizantes, la industria, los envases, la distribución y, eventualmente, los salarios. Ese recorrido lleva tiempo. Y ahí está precisamente el problema. El BCE no reacciona solo ante la inflación actual, sino a la que teme encontrarse dentro de unos meses. Lagarde espera que el encarecimiento energético vaya filtrándose gradualmente hacia la inflación subyacente y los alimentos. Si además trabajadores y empresas intentan recuperar mediante salarios y precios el poder adquisitivo perdido, aparecerían los temidos efectos de segunda ronda. Por ahora no están ahí, pero seis meses de conflicto en Oriente Próximo empiezan a ser suficientes para que el riesgo deje de parecer remoto.

La incertidumbre geopolítica complica la tarea del banco central. En junio subió los tipos ante la escalada energética; en julio pudo permitirse esperar tras el primer intento de alto el fuego entre EEUU e Irán; y ahora en septiembre vuelve a endurecer la política monetaria porque la energía continúa cara. Un misil, un bloqueo o un acuerdo diplomático pueden modificar en cuestión de días unas previsiones económicas elaboradas durante meses. Christine Lagarde lo resumió sin rodeos: el escenario puede cambiar casi de la noche a la mañana.

Las simulaciones del BCE permiten entender por qué Fráncfort no quiere correr riesgos. Su escenario central ya parte de una energía cara, pero contempla también hipótesis mucho peores si el conflicto se intensifica y continúan reduciéndose las reservas de petróleo y gas. En el escenario más severo, el barril podría alcanzar unos 132 dólares en diciembre y el gas aproximarse a los 130 euros por megavatio hora. Palabras mayores.

@J_L_Gomez

Contenido patrocinado

stats