Xavier Castro
A MESA Y MANTELES
El queso de tetilla, joya de nuestra gastronomía patrimonial
SENDA 0011
Esta semana volví a escuchar la pregunta que ya se ha vuelto costumbre en cualquier reunión donde alguien menciona la inteligencia artificial. La hizo un empresario de la provincia, con la mezcla de curiosidad y recelo que provoca todo lo que no acabamos de entender. “¿Y esto de la IA no será una burbuja?”. Es una buena pregunta. También es, casi siempre, la pregunta equivocada.
Los números invitan al vértigo. Solo este año, cuatro de las mayores compañías del mundo han comprometido más de 620.000 millones de dólares en infraestructura y desarrollo de inteligencia artificial. Es una cifra tan grande que deja de significar nada. Y en Wall Street conviven dos relatos opuestos: quienes ven un cambio de época comparable a la llegada de la electricidad, y quienes calculan hasta un setenta y cinco por ciento de probabilidad de una corrección severa en los próximos dos años. Los dos bandos son gente seria. Los dos manejan los mismos datos.
Cuando dos personas inteligentes miran la misma cifra y llegan a conclusiones opuestas, suele ser porque la cifra no es el problema. La discusión sobre si hay burbuja es, en el fondo, una discusión sobre otra cosa: sobre si el valor que se está prometiendo se convertirá algún día en valor real. Y esa respuesta no la da el mercado. La damos cada uno de nosotros, en nuestras empresas, cada mañana.
La pregunta útil es más incómoda y más nuestra: ¿lo que yo estoy haciendo con esta tecnología crea valor de verdad, o solo lo aparenta?
Porque la palabra burbuja esconde una trampa. Sugiere que todo sube y todo baja a la vez, como si estuviéramos todos en el mismo barco. Y no lo estamos. En la burbuja de las puntocom, a finales de los noventa, también se decía que internet era humo. Reventó, sí. Se llevó por delante a cientos de empresas que solo tenían una web bonita y ninguna idea de cómo ganar dinero. Pero de aquellos escombros salieron las compañías que hoy organizan buena parte de nuestra vida. La ola no era falsa. Falsos eran muchos de los que se subieron a ella sin saber nadar.
Ahí está la clave que me interesa, y que interesa a cualquiera que dirija un negocio en Ourense o en cualquier sitio. La pregunta útil no es si el conjunto del mercado está inflado. Esa es conversación para analistas. La pregunta útil es más incómoda y más nuestra: ¿lo que yo estoy haciendo con esta tecnología crea valor de verdad, o solo lo aparenta?
Hay una diferencia enorme entre incorporar la inteligencia artificial como cosmética y hacerlo como estructura. Lo cosmético es el anuncio, la palabra de moda en la web, el asistente que responde cuatro preguntas y poco más. Se nota moderno y no cambia nada. Lo estructural es lo que transforma cómo se toma una decisión, cómo se atiende a un cliente, cómo trabaja de verdad un equipo. Lo primero se evapora en cuanto pase la fiebre. Lo segundo permanece, precisamente porque no dependía de la fiebre.
Y aquí conviene bajar el ruido. La tecnología no es magia ni es milagro. Es una herramienta poderosa que, como todas, amplifica lo que ya eres. Si tu empresa tiene procesos claros y un equipo que sabe hacia dónde va, la inteligencia artificial multiplica esa ventaja. Si lo que tienes es desorden, lo que multiplica es el desorden. No compra criterio quien no lo tenía. No da rumbo a quien no lo tiene.
Por eso me preocupa poco la palabra burbuja y me preocupa mucho la prisa. La prisa por parecer que uno está en la ola sin haberse molestado en aprender a nadar. Adoptar algo porque lo hace el vecino, sin preguntarse qué problema propio resuelve, es la forma más segura de acabar entre los escombros el día que el mercado separe el grano de la paja. Y ese día, antes o después, siempre llega.
Habrá corrección, seguramente. Habrá empresas que caigan y titulares que celebren el pinchazo. Pero cuando el polvo se asiente, seguirán en pie las que usaron estos años no para aparentar, sino para construir algo que ellas mismas entienden y controlan. La ola no decide quién se salva. Lo decide quién aprendió a nadar mientras los demás discutían si el agua era de verdad.
Así que la próxima vez que alguien me pregunte si esto es una burbuja, creo que le devolveré la pregunta. No importa tanto lo que haga el mercado. Importa lo que estás haciendo tú.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Xavier Castro
A MESA Y MANTELES
El queso de tetilla, joya de nuestra gastronomía patrimonial
Jorge Vázquez
SENDA 0011
¿Burbuja o cimiento?
Plácido Blanco Bembibre
HISTORIAS INCREÍBLES
El viajero invisible
Fernando Jáuregui
Sánchez aún no se ha puesto la camiseta roja, pero...
Lo último
REPARACIÓN Y AMPLIACIÓN
Habrá obras en 43 centros educativos de la provincia de Ourense
CAÍDA DE PROFESIONALES
El turno de oficio perdió 1 de cada 5 abogados en los últimos tres años