Editorial
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Las indecencias del AVE gallego
EL ÁNGULO INVERSO
Suelo hacer caso al maestro Hemingway. Insistía él en que el periodista y el escritor deben bucear en el lado oscuro del mundo. Rescatar personajes inquietantes. Escribir sobre los islotes de resistencia al orden establecido. Caminar y hacer recorridos espectrales sobre las calles más malditas. Se reía el escritor americano: “No te olvides de beber con frecuencia un sorbo de muy amargo café”.
Pero te cuento. Quizás, hermano lector, lo recuerdes. Hace unas semanas escribí sobre él. Un fulano que había puesto anuncios en las calles con su dirección y solo una frase: “Se hacen trabajos sucios”. Se trata de un buscavidas, ex legionario, no sé bien de dónde es, pero mis conexiones dicen que es un tipo duro y que pisó cuadriláteros de boxeo.
Pues bien, al fulano me lo he vuelto a encontrar en un garito de los vinos. Mira tú, para sorpresa mía, me saludó cordialmente: “Leí lo que escribiste de mí y puedes hacerlo siempre que no aparezcan mi nombre ni datos que me identifiquen”.
Toman el AVE, hacen un trabajo rápido y se esfuman. Los pisos en los que han instalado los fumaderos de crack y otras sustancias crecen cada día.
Le espeté: “Cómo anda esta puta ciudad, hermano”. Responde, pensativo: “Las cosas se han puesto peor para nosotros, los nativos. Cada semana viene una tropa de chorizos y tipos que saben lo que hacen. Toman el AVE, hacen un trabajo rápido y se esfuman. Los pisos en los que han instalado los fumaderos de crack y otras sustancias crecen cada día. Hay tantos ya como fumaderos de opio en los antros de Shanghái. Encima, no sé cuál es la razón secreta, los pringaos y pedigüeños que vienen de paso se asientan, como si la ciudad los atrapase”.
Mi colega engulle media jarra de cerveza, casi de un trago. Saca la cartera y me muestra una foto. Sí, señor, ahí está él, lustroso, con el uniforme del Tercio Primero del Gran Capitán. “Reenganché una vez, eso marcó mi vida. Fíjate en mi bíceps”. Allí leo el tatuaje: “Amor de madre”, el más clásico de la Legión española.
Le insisto: “Venga, hombre, cuéntame de alguno de los encargos que te han hecho”. Se ríe: “De eso no me gusta hablar mucho, pero te contaré el más reciente. Una señora llamó a mi teléfono, muy angustiada. Me citó en una cafetería del centro. Su problema es un clásico de la ciudad: ‘Mire, hace dos meses, tres jóvenes okupas tomaron mi piso de San Francisco. No logro que se vayan. Usted, que es un hombre de experiencia, quizás pueda hacer algo’. Acordamos un precio. No te diré cual. Allá me fui, me planté en la puerta con mi chaleco abierto enseñando bien mis tatuajes. Había preparado bien mi truco. Bajó un pardillo, no tendría más de 18 años. Le cogí por la muñeca, se la apreté bien. ‘Mamoncete, tú no sabes dónde te has metido’. Este piso lo utiliza para sus asuntos una gente que mejor no llegues a conocer’. Créeme, se esfumaron en un soplo”.
Le pido una batalla más. Se ríe: “Esto fue fácil. Un marica me contrató para que metiese miedo a otro. No me dio explicaciones ni se las pedí. Lo localicé, iba con alguien, caminé a su lado, rozándole, y le clavé mis ojos. Captó el mensaje. Soy legionario, un macho español”. Le digo: “Hombre, ya hay mujeres con galones en el Tercio”. No pareció gustarle. Añadí: “Habrás tenido movidas violentas”. “Algunas hostias he dado, pero no es cosa tuya”.
Termina la cerveza y se despide cortante, quizás enojado: “Tengo un asunto que resolver”.
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