Rafael Salgado
LEMBRANZAS
Ourense no tempo: álbum de verano | La banca Romero 1914
EDITORIAL
Se dice de nosotros, los gallegos, que somos gente desconfiada. Es uno de esos tópicos como el de que, al vernos en una escalera, no se sabe si subimos o bajamos. No es desconfianza, sino realismo. A lo largo del tiempo hemos visto cómo nos prometían y prometían, para luego no cumplir nunca. El ejemplo más palmario lo tenemos en la alta velocidad. Nos llevan mintiendo una y otra vez desde hace más de veinte años. Nos mintieron, uno tras otro, todos los ministros de Fomento y de Transportes cuando anunciaban la inminente llegada de un tren de alta velocidad que entró en la estación de Ourense con más de una década de retraso. Nos mentían cuando decían que merecería la pena la espera porque íbamos a tener la mejor infraestructura de toda la red de alta velocidad de España. Nos engañaban cada vez que afirmaban con rotundidad que el AVE iba a revolucionar Ourense, a poner fin a la fractura urbana que durante casi setenta años provocó la vía del tren procedente de Zamora, mientras escondían en un cajón bajo siete llaves los proyectos de finalización de la variante exterior. Era falso que seríamos la línea más afortunada cuando llegasen los trenes Avril, “los AVE de última generación”. ¡Y tanto que son la última! Pero no por la más moderna, sino por la peor. Cualquiera de los Alvia que hacían el viaje entre Madrid y Ourense hace una década y media resultaban mucho más confortables que estos trenes con asientos de avión barato que sin embargo pagamos como si fuésemos en primera clase. Que un viajero de preferente entre Madrid y Barcelona pague menos por su billete que un ourensano por ir a Madrid en un tren low cost no es solo un agravio: es una estafa. Porque Renfe que, no hay que olvidarlo, es una empresa pública, se aprovecha de su posición de monopolio en la línea gallega para aplicar tarifas abusivas con total impunidad, mientras en Barcelona, Sevilla, Valencia o Alicante ofrece condiciones que a nosotros nos niega.
Que no íbamos a tener la alta velocidad que nos prometían ya lo sabíamos. No por desconfiados, sino por escaldados de tantas mentiras acumuladas en nuestros oídos. Pero la realidad que vivimos ahora ha desbordado incluso las peores previsiones. Que un tren explorador, destinado a comprobar cada día el buen estado de la línea, lejos de cumplir su cometido cause la interrupción de la circulación durante cinco horas por un enganchón en la catenaria, no es una incidencia -como le gusta decir al departamento de (in) comunicación de Renfe- es una indecencia. Una infraestructura de esta magnitud no puede ser tan vulnerable, causando enormes perjuicios a viajeros que tuvieron que esperar a ser trasladados en autobuses entre Puebla de Sanabria y A Gudiña o viceversa porque el incidente afectó a todos los trenes de la mañana del pasado jueves. O las siete horas de retraso con las que llegaron los viajeros de otro tren con destino a Vigo hace unos días por otra de las muchas averías que ha sufrido el cambiador de Taboadela. El más leve incidente causa un desastre por falta de planes alternativos y de solidez de la línea. Mientras siga habiendo 130 kilómetros de vía única entre Olmedo y Ourense estamos expuestos a estos y otros problemas, a pesar de que pagamos los billetes más caros de toda la red de alta velocidad de España.
Si es verdad que el tiempo pone a cada uno en su sitio, ha llegado el momento de que el ministro de Transportes y los responsables de Renfe y de Adif se vayan para sus respectivas casas, que es su mejor destino por el bien de los españoles.
Decía GoebBels que una mentira si estaba bien contada y se repetía muchas veces acababa pareciendo verdad. Nuestro Goebels, el ministro de Transportes, en cambio, se ha visto desbordado por las mentiras. ¿Se acuerdan de la alta velocidad de vanguardia?, ¿la primera red europea?, ¿de cuál era el país que más había apostado por la alta velocidad en el continente? Se diría que era cierto que más que inversiones se hicieron apuestas porque pocas semanas después de anunciar Óscar Puente su intención de elevar la velocidad máxima entre Madrid y Barcelona a 350 kilómetros por hora para hacer el viaje entre ambas ciudades en dos horas, descubrimos que la vía no estaba ni tan siquiera para ir a 300. Se estrenó el AVE entre Ourense y Madrid en menos de dos horas y cuarto y ahora estamos más cerca de las dos horas y media. Y hay tramos en la línea de Barcelona que se ha bajado la velocidad máxima a 160 e incluso a 80 kilómetros por hora y el viaje que antes era de dos horas y media ahora nunca baja de las tres horas.
El trágico accidente de Adamuz ha desvelado que había más problemas de mantenimiento en las líneas ferroviarias que una simple soldadura en un tramo recientemente renovado.
Si es verdad que el tiempo pone a cada uno en su sitio, ha llegado el momento de que el ministro de Transportes y los responsables de Renfe y de Adif se vayan para sus respectivas casas, que es su mejor destino por el bien de los españoles. Su gestión, verdaderamente penosa, no ha hecho más que agrandar la mentira de la alta velocidad en España. Lo que exige el momento es reclamar la dimisión del responsable de Adif, del de Renfe y de quien los nombra. Y aunque esto suena tan imposible como exigir puntualidad y confortabilidad en el AVE gallego, no podemos, por responsabilidad, bajar el nivel de exigencia.
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