Plácido Blanco Bembibre
HISTORIAS INCREÍBLES
Unas bayas de enebro
MUJERES
Y vuelvo a la carga. Sí, de nuevo me refiero a ese ruido que ensordece y vuelve loco a quien tiene que soportarlo sin filtro alguno. Me dice mi vecina Pilar que el otro día, al salir de un establecimiento sanitario, fue a tomar un café con una amiga, ya que acudió a la consulta sin desayunar por si acaso le hacían algunas pruebas que le provocasen náuseas. No fue así, pero por si acaso, que como se dice, más vale prevenir que hacer el numerito.
El caso es que el ruido de platos y vasos, tazas, cubiertos, gritos para poder oírse la propia clientela, el ir y venir de las gentes, los camareros acelerados, los apretujones de unos y otros, y en fin, el guirigay general, resultaba tan infernal que, con las prisas por huir del local, ni siquiera se dieron cuenta de que se habían ido sin pagar. Ahora tendrán que volver al averno y quiera la suerte serles propicia y que les cobren pronto sin necesidad de estar allí nada más que el tiempo justo de dar las explicaciones pertinentes, y dejar las monedas en el mostrador. Porque el tiempo en el citado establecimiento es eterno. Es como situarse en el platillo inferior de una batería de orquesta, y a cada plas, plas, plas, o chin, chin, pun, ser aplastado por el platillo superior con la más absoluta crueldad.
Por cierto, una de las pruebas que le hicieron a mi vecina fue la exploración de oídos, tras la cual le dijeron que los tenía perfectos. Y ¿cómo puede ser eso, si tiene en cada uno un eccema semejante a una playa de guijarros? Pero bueno, esa es otra cuestión. No entremos en detalles.
Retomemos lo que importa: el ruido. El ruido es algo que quien lo produce no lo oye, por eso no se esfuerza en tener demasiado cuidado en minimizarlo lo más mínimo. Pero la contaminación acústica es cosa seria y desgraciadamente no se le da la importancia que tiene. Este fenómeno en exceso estrepitoso puede producir efectos nocivos, como problemas físico-patológicos y dolor de cabeza y oídos a aquellos que se ven expuestos a él. Pero no para aquí la cosa porque, entre otros males no menos importantes, puede afectar peligrosamente al sistema nervioso central, aceleración del pulso y aumento de la presión arterial.
Vivimos en la era del ruido, algo tan cotidiano que el ser humano ya no lo percibe conscientemente, aunque el mal se hace sentir a la larga como, por ejemplo, la sordera.
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