La casa

UN CAFÉ SOLO

Publicado: 28 sep 2026 - 06:10
Sonia Torres
Sonia Torres | La Región

Qué es una casa? ¿Paredes que te cobijan, un techo que te protege y un lugar en el que dormir? Puede que sea solo eso cuando se trata del apartamento que alquilas en verano, el piso que compartes cada curso con otros compañeros o el lugar provisional que alquilas cuando recién estrenas lugar o momento vital. Después está la otra. Esos metros en los que la mesa no era un mueble anodino, sino el lugar que reunía a toda la familia para compartir sabores irrepetibles y conversaciones. La casa es ese hueco donde el sofá, hundido y usado, fue testigo de televisión y manta compartida, confesiones, alguna pelea y siestas sostenidas. Es esa cama que te acogía dulcemente con sábanas recién lavadas para que pudieras dormir con una paz que pocas veces más has logrado experimentar.

La casa empezaba al atravesar la puerta donde su olor único te reconfortaba y te hacía sentir segura con un abrazo que traspasaba la piel y te alejaba de ruidos indeseados. Era ese hogar que adornaste con fotografías de caras sonrientes en momentos especiales y con imanes en la nevera que alguien te regaló.

Es tu memoria, los recuerdos acumulados en pequeñas figuras de porcelana, en un tapete descuidado sobre una mesita de noche, en tu libro favorito, incluso en esos objetos que no sabes por qué siguen ahí.

Eran esas paredes que pintaste para que pareciera más limpia y de las que colgaste cuadros y un espejo en la entrada, comprado en un día que todavía recuerdas. La casa de verdad es la que fuiste construyendo y creando a lo largo de los años, no los cimientos sobre un plano que otro diseñó.

Es ese rincón que te vio crecer, reír, llorar, enfadarte, querer y, con el tiempo, envejecer. Es tu memoria, los recuerdos acumulados en pequeñas figuras de porcelana, en un tapete descuidado sobre una mesita de noche, en tu libro favorito, incluso en esos objetos que no sabes por qué siguen ahí. Tu casa son las noches en vela esquivando el crujir de la madera a la entrada del dormitorio o la puerta que nunca cerró del todo bien y que algún día juraste arreglar. Es donde viviste acompañada y también sola y donde permanecen los que ya se fueron, porque tú los mantienes presentes.

Setenta o treinta años pisando ese suelo, mirando el reloj de la cocina y asomándote a tu ventana han consolidado tu historia en esas paredes y las han convertido en testigos que reafirman quién fuiste y quién eres.

Cuando te expulsan hacia la incertidumbre, sin seguridad para encontrar otro refugio y con apenas ya tiempo a estrenar, lo que han firmado, aunque sea legal, es un desahucio que te echa de la vida. Pero es el mercado, amigo. Ese lugar en el que la mayoría estaremos más cerca de ser arrojados a la calle que de hacernos de oro. Por eso urgen medidas y políticas comprometidas que nos permitan habitar la casa. Y políticos de altura.

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