Jaime Rodríguez Arana
Tecnología y derechos humanos
Artículo 47 de la Constitución Española: “Todos los españoles tienen derecho a una vivienda indigna. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general…”, etcétera.
Bien. Vale con la broma digna/indigna que acabo de hacer. Puede que demasiado malintencionada humorísticamente, pero supongo que todo el mundo la ha entendido.
Todos sabemos que el derecho a una vivienda digna no es un derecho humano ni un derecho fundamental (aunque tal vez debería serlo), sino solo una aspiración nuestra quizás nacida del corazón, y que por eso aparece reflejada en el texto de nuestra Constitución, instando a nuestros gobiernos y a los poderes públicos a lograrlo. Como igualmente aparece en la Constitución de los Estados Unidos en su primera enmienda el derecho a la libertad de expresión y a la libertad de prensa.
Son deseos que se ponen por escrito. Generalmente son deseos de cuatro iluminados poco comprendidos por las gentes de su tiempo. A veces son deseos imposibles, pero otras veces pueden ser y hacerse realidad.
Si no, no valen. Incluso los dioses de cualquier religión o de todas las religiones del mundo no existirían si su supuesta realidad no se hubiera puesto por escrito.
La libertad para los negros esclavos de Louisiana o Mississippi en los recién creados Estados Unidos del siglo XIX empezó cuando eso se puso por escrito. Y fue precisamente ese el fin de la esclavitud. El final de la explotación laboral infantil en las minas de Inglaterra empezó cuando se puso por escrito. El derecho al voto de las mujeres empezó cuando se puso por escrito. La reducción de la jornada laboral y del trabajo de los proletarios de siete días de la semana a seis y después a cinco, empezó cuando se puso por escrito.
O sea que hay que poner las cosas por escrito. Si no, no valen. Incluso los dioses de cualquier religión o de todas las religiones del mundo no existirían si su supuesta realidad no se hubiera puesto por escrito. ¿Quién podría creer en algún dios sin la Biblia, sin el Gilgamesh, sin el Bhagavad Gita, sin el Corán, sin los Vedas, sin la Torá, o sin el Popol Vuh por ejemplo? Nadie. Sin esos textos escritos esos dioses no existirían. Así que los humanos tenemos que seguir escribiendo para que los dioses vivan.
Una vez hace años vi un espectáculo de danzantes giróvagos sufís. Turcos, creo. Había visto eso alguna vez por la tele o en películas, pero en vivo nunca. Fue fascinante e hipnótico. Días después, leyendo sobre el tema ya que me había impresionado, descubrí que esas danzas habían sido creadas por Jalal Rumi, un místico y poeta persa del siglo XIII que tenía la idea de que los danzantes no debían dejar de girar nunca, porque si lo hicieran… Dios moriría.
Aquellos danzantes derviches dibujaban oraciones en el aire con su mágico e inexplicable baile sin fin. Nosotros, más prosaicos, tenemos que poner nuestras oraciones por escrito en un papel: “Todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna”.
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