Ramón Pastrana
LA PUNTILLA
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A nadie en su sano juicio se le ocurriría culpar al Gobierno de la erupción del volcán de La Palma. Tampoco sería lógico achacarle la pandemia del covid-19, ni su responsabilidad en la DANA de Valencia, pero cuando se entra de lleno en cuestiones como el apagón, las cosas empiezan a cambiar, porque ahí el Gobierno sí tuvo bastante que ver con el desastre.
La política energética y esa aviesa interpretación de la energía verde son patentes. El desmantelamiento de centrales térmicas y el cierre de nucleares, sin disponer de los medios necesarios para abastecer a un país, con una demanda energética cada vez mayor, acuciada por la incoherencia de alimentar una flota en crecimiento de vehículos eléctricos, sí empieza a sonar a culpabilidad. De este modo, mientras Francia solucionaba sus necesidades con un simple cambio de definición de las nucleares, producían energía verde; España se enfrentó a un eclipse en el que el día se hizo noche, sin que aún hoy se haya llegado a conocer en toda su dimensión sus consecuencias.
La imputación y juicio del número dos del PSOE, Ábalos, más el resto de acusados, que, no siendo tan relevantes, no dejan de ser numerosos. La detención y encarcelamiento del secretario general de la formación, Santos Cerdán, o la administración y el posicionamiento en las guerras de Ucrania y Gaza. El Ejecutivo sí es el único responsable de la gestión de cada una de esas crisis y situaciones. El confinamiento ilegal de los ciudadanos en 2020, la resolución del Delcy Gate, del que aún hoy se desconoce el contenido de las maletas descargadas por la entonces vicepresidenta venezolana.
En la medida en que los desastres avanzan, el gobierno de Sánchez trivializa todo, dejando al descubierto paulatinamente más y más desmanes. La desprotección de las fronteras nacionales y de los habitantes del territorio soberano, ordenando a la policía cargar contra los ceutíes, mientras le cantaban nanas a los invasores, tildando de “amigo” y “colaborador” a Rabat.
La incompetencia, la inacción o directamente la omisión de un Gobierno que nunca gobernó, limitándose a contentar a sus socios -esos que ahora, en campaña electoral, reniegan de él, pero que son corresponsables- y a vivir la vida en La Mareta, el Falcón y el desfalco.
La otra cara de la cuestión es el saqueo y el despilfarro, de manera que, mientras por un lado robaban a manos llenas, detractando a los ciudadanos de los medios necesarios y la seguridad obligatoria, por el otro se dedicaban a regar con millones de los españoles la infraestructura ferroviaria marroquí, lo que suscita una pregunta lógica: si hasta ahora hemos llegado a saber lo de las saunas, el hermanísimo, el fiscal general, Begoña, Tito Berni, los ERE, etc., ¿qué sabrá Mohamed para que le practiquen tanta felación?, porque la lista de delitos posibles más graves es muy corta.
El problema siempre estuvo en la gestión de los recursos públicos, la arbitrariedad con la que se designan directivos ignorantes -con carnet del partido-, en sustitución de los técnicos a los que la política ni les va ni les viene, pero sí cumplir con sus obligaciones. La incompetencia, la inacción o directamente la omisión de un Gobierno que nunca gobernó, limitándose a contentar a sus socios -esos que ahora, en campaña electoral, reniegan de él, pero que son corresponsables- y a vivir la vida en La Mareta, el Falcón y el desfalco.
Pero cuando se habla de tragedias como el tren de Adamuz o el de Urda, la cuestión no se limita a la madre que nunca podrá volver a abrazar a su hijo, el marido que ya nunca podrá volver a ver a su esposa; la cantidad de vidas truncadas, no solo por la ausencia, sino también por las secuelas de aquellas personas que quedarán marcadas sicológicamente, y de esas otras entre las que se cuentan los lesionados medulares y amputados de piernas que nunca volverán a caminar, o los de brazos que jamás volverán a remover el azúcar del café con una cucharilla.
Cuando algo tan cotidiano y necesario como tomar un transporte para ir a trabajar se convierte en actividad de riesgo, hay que empezar a preguntarse cómo podrá soportar Óscar Puente ese “terrible” dolor por ser señalado, comparado con las consecuencias de la incompetencia de su ministerio. Nadie es capaz de concebir lo que debe ser tener más de cien muertes sobre la conciencia, aunque claro, para eso hay que tenerla, porque la verdadera desgracia, como dijo Eduardo Galeano, es que la corrupción no se limita al robo del dinero público, sino al robo de la esperanza del pueblo.
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