Juan Pina
Demos la bienvenida a Armenia
La cumbre de la Comunidad Política Europea que se ha celebrado esta semana en Ereván ofrece una imagen de enorme valor simbólico: Armenia, un país que durante décadas estuvo atrapado en la órbita soviética, y después en la de la Rusia oligárquica de Vladimir Putin, quiere respirar el aire que le llega desde Occidente. No es un gesto menor ni una simple maniobra diplomática. Es una corrección histórica que deshace el rumbo antinatural que se había impuesto a ese país europeo. Nikol Pashinián, primer ministro desde la Revolución de Terciopelo de 2018, ha entendido algo que algunos aún se resisten a aceptar: el partenariado con Rusia no es una garantía de seguridad, sino de sumisión. Moscú proyecta siempre una amenaza para la soberanía de sus aliados y vecinos, ya sea porque los quiera invadir o porque no se ocupe de su defensa. Armenia aprendió esto último de la forma más amarga. Durante la guerra con Azerbaiyán y, sobre todo, en la caída definitiva del enclave del Alto Karabaj en 2023, Moscú dejó en la estacada a un país que formalmente era su aliado. La Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (la “OTAN de Rusia”) resultó ser papel mojado. Así que cuando se nos pone en duda la efectividad real del famoso artículo 5 del Tratado de Washington, hay que recordar el flagrante fracaso del mecanismo equivalente ruso. Rusia tenía tropas sobre el terreno, una base militar en Gyumri y una influencia abrumadora sobre la seguridad armenia. Pero cuando llegó la hora decisiva, decidió no empantanarse en la protección real de su aliado. El tigre de papel ruso, tan feroz con los débiles y tan arrogante en sus soflamas, se reveló incapaz de cumplir sus compromisos, y Armenia sufrió unas consecuencias devastadoras.
Ese abandono explica el giro armenio. Pashinián congeló la participación de Armenia en la OTSC en 2024, impulsó un acercamiento gradual a la Unión Europea y ha buscado nuevas alianzas con Francia, con los Estados Unidos y con otros socios occidentales. La primera cumbre bilateral UE-Armenia, celebrada ahora junto a la reunión de la Comunidad Política Europea, confirma que el movimiento no es retórico. Europa empieza a comprender que Armenia no es una periferia exótica, sino una frontera avanzada de la libertad europea. Porque Armenia es culturalmente europea, como lo es Georgia. Que ambos países se encuentren en el Cáucaso no debería confundirnos. Europa no termina en la ribera occidental del mar Negro: llega hasta el Cáucaso, hasta la mismísima frontera de Irán, pues hay en esa región sociedades que comparten desde siempre la cultura europea, siguen nuestro constitucionalismo y anhelan nuestra modernidad liberal. Integrarlas en la arquitectura occidental es una necesidad estratégica.
La importancia estratégica de Armenia es evidente. Su alejamiento de Moscú debilita el flanco sur del feroz imperialismo neo-zarista
El contraste de esta nueva Armenia con Georgia resulta doloroso. Allí, las protestas democráticas llevan más de quinientas noches de vigilia y marchas contra el régimen cada vez más prorruso del impresentable partido Sueño Georgiano. El primer ministro Irakli Kobajidze y el presidente Mijeil Kavelashvili representan hoy la fachada institucional de un poder cuyo verdadero patrón sigue siendo el oligarca Bidzina Ivanishvili. Frente a ellos, una sociedad civil heroica, europeísta y occidental resiste en las calles el secuestro político de un país que también merece estar en Europa. Armenia no quiere verse en la misma situación. Se esfuerza en avanzar porque ve retroceder a la vecina Georgia, que de momento está siendo retenida.
La importancia estratégica de Armenia es evidente. Su alejamiento de Moscú debilita el flanco sur del feroz imperialismo neo-zarista, golpea la credibilidad ya casi nula de la OTSC y demuestra a otros países postsoviéticos que la dependencia de Rusia, a estas alturas, no garantiza un futuro próspero sino ser vulnerables y estar sometidos. Si Ereván consolida su giro occidental, el bloque ruso pierde profundidad y capacidad de intimidación. Y también se abre una ruta política distinta para todo el Cáucaso: una región menos presa del chantaje del Kremlin y más conectada con Europa. Por supuesto, el camino armenio será difícil. Rusia conserva palancas económicas, energéticas, mediáticas y militares. Azerbaiyán seguirá siendo un vecino complejo. Turquía, siempre enemiga de la sufrida Armenia que una vez quiso exterminar, observará cada movimiento conforme a su propio cálculo de intereses regionales. Pero precisamente por eso Europa no puede limitarse a aplaudir desde lejos. Debe ofrecer apoyo económico, seguridad democrática, cooperación militar prudente, infraestructuras, visados, inversión y horizonte político. Si dejamos a Armenia una vez más a merced de los acontecimientos, estaremos repitiendo el error que tantas veces nos ha costado carísimo en el Este europeo. Y en el contexto geopolítico actual, no podemos permitirnos otro fallo. La gran lección que a todos nos está dando el gobierno de Ereván es sencilla: cuando Rusia falla a sus aliados, éstos ejercen su derecho a buscar un futuro mejor. Y nos tienden la mano con esperanza y decisión. Armenia lo está haciendo. Europa debe estar a la altura.
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