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En esta España donde abundan los pelotas, los sumisos, los serviles, los tontos contemporáneos, y los frívolos, que creen que la política ni les coarta la libertad ni les mete la mano en los bolsillos, no todo son bueyes. Siempre nos hemos preguntado cómo personas de biografías impecables y meritorias, al ser nombrados para un cargo dependiente del Gobierno, se transforman en obedientes vasallos, cumplidores de los intereses de su nombrador, aunque esos intereses sean injustos y arbitrarios y salpiquen “con el polvo del camino” sus togas y sus atuendos, manchando su prestigio.
Asimismo, es desalentador observar cómo se toleran tropelías e injusticias, se derrumba premiar el mérito y, en cambio, se enaltece la docilidad y el acatamiento. Que en el escandaloso enchufe de las samaritanas del amor (que es el eufemismo con el que José Luis Perales se refería a las putas) altos cargos agacharan la cabeza, y un empleado decente lo denunciara, y la reacción fuera echarlo a la calle por honesto, es un punto alarmante de que la corrupción se extiende a una jerarquía de valores, que podría convertir este país en una sociedad derrotada y podrida.
La nueva fiscal general del Gobierno ordenó al fiscal Alejandro Luzón, un hombre digno y honorable, que no rebajara más la pena a Víctor de Aldama
No todo son fiscales generales del Estado que se convierten en fiscales generales en apoyo del Gobierno; ni presidentes de tribunales, transformados en defensores del separatismo; ni ministros de Interior que le niegan a un policía que sufrió un ataque terrorista -y se tuvo que jubilar- el premio al sufrimiento que recibió, para evitar que se enfaden los separatistas, que ya no son separatistas, sino españoles de primera. En todos los países de la UE se rebaja la pena a los arrepentidos, porque es la única forma de lograr información y neutralizar a las bandas de delincuentes, aunque sean delincuentes de corbata y cargo político.
Sin embargo, la nueva fiscal general del Gobierno ordenó al fiscal Alejandro Luzón, un hombre digno y honorable, que no rebajara más la pena a Víctor de Aldama. Y, por razones jerárquicas, tuvo que obedecer. Pero no iba a ser uno más de los bueyes que se someten a una orden de parcialidad evidente, y expuso, tras el acatamiento, su objetiva opinión, dando argumentos al tribunal para que haga lo que considere conveniente. Es una buena, buenísima, noticia. Por fortuna, no todo son bueyes.
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