Sonia Torre
¡UN CAFÉ SOLO!
El dolor del fuego
¡UN CAFÉ SOLO!
El olor que dejan tras de sí las llamas que arrasan con todo a su paso permanece en el aire, aun cuando el fuego ya ha dejado de ser. La tierra carbonizada que tiñe de un manto de luto los montes y pueblos quemados se mantiene como testigo de la tragedia mucho más allá de la extinción del incendio. El miedo que se agarra al estómago de quienes tienen que huir dejando atrás toda la vida construida no se despide mansamente al llegar a lugar seguro. Las heridas y el vacío de los muertos dejan huellas permanentes de dolor y angustia en el recuerdo y en el cuerpo. La impotencia y la rabia de quienes lo arriesgan todo para atajar la catástrofe no desaparece nunca, al contrario, se agiganta en cada nueva lucha.
Aun así, parece que la memoria colectiva mayoritaria, una vez que pasan los meses infernales de las tragedias, elige olvidar las cenizas arrastradas que nos tapan ojos, oídos y boca. Se nos queman los montes y se nos quema la vida y el futuro. Y no aprendemos nada. Peor aún, parece que nos empeñamos en desaprender lo que la ciencia y los expertos (los de verdad, no tertulianos ignorantes) nos repiten incesantemente.
No exigimos con la fuerza suficiente políticas efectivas de prevención, inversión en equipamiento y personal de extinción, pactos para hacer frente a la emergencia climática
Cada año nos convertimos en espectadores indignados y aterrados ante escenarios que tiñen de rojo el cielo. Pero volvemos al silencio y a la parálisis permitiendo que todo siga igual incluso antes de que las brasas hayan desaparecido del suelo. No exigimos con la fuerza suficiente políticas efectivas de prevención, inversión en equipamiento y personal de extinción, pactos para hacer frente a la emergencia climática, ayudas para impedir que se sostengan las causas evitables que desatan estas tragedias y penas duras para los delincuentes incendiarios que casi siempre salen indemnes.
Se nos borran demasiado pronto las escenas desgarradoras de la destrucción que provoca el fuego y pasamos por alto rápidamente las graves consecuencias que nos tocará sufrir ya en este presente. Como si no fuera con nosotros, como si no nos fuera a afectar porque la casa no se nos ha quemado. Mejor alimentar debates estériles y peligrosos que nos llevan siempre hacia atrás y encender chispas que acaben por quemarnos enteramente como sociedad. Se nos acaba el tiempo. Debemos saber que todos somos responsables y por eso conviene meditar bien decisiones y actos y decidir si queremos premiar a los pirómanos, no solo los que encienden la cerilla en el monte, o trabajar para que no puedan hacer más daño.
Corremos el riesgo de normalizar una aberración que se debe evitar y acabar trastornados, emulando al teniente coronel Bill Kilgore diciendo:”¿Hueles eso? ¿Hueles eso, hijo? Incendios. Nada en el mundo huele así. Me encanta el olor a fuego por la mañana”.
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