Miguel Michinel
TINTA DE VERANO
El eclipse
TINTA DE VERANO
La palabra eclipse viene del griego antiguo ékleipsis, que significa “desaparición”, “abandono” o “falta”. Este término procede a su vez del verbo ekleípein, formado por ek (“fuera”) y leípein (“dejar” o “faltar”). Literalmente, por tanto, se interpretaba como “dejar de estar” o “abandonar su lugar”. De hecho, los antiguos griegos usaban el vocablo para describir cuando el Sol o la Luna parecían “abandonar” el cielo, al ocultarse temporalmente.
Como tantos, el término pasó primero del griego al latín como eclipsis y, de ahí, posteriormente, ya al castellano, donde la palabra se documenta por primera vez alrededor del año 1300, en textos como La Gran Conquista de Ultramar. En épocas antiguas, el habla popular deformaba el vocablo; como, por ejemplo, refleja Cervantes en la literatura clásica, al relatar cómo Sancho Panza lo llamaba “cris”, antes de ser corregido por don Quijote.
En términos astronómicos, el del pasado día 12 de agosto ha supuesto un acontecimiento excepcional para España, al tratarse del primer eclipse solar total visible desde la Península en más de un siglo. La franja de totalidad atravesó el norte del país de oeste a este. En Ourense capital no llegó a ser técnicamente total, pero la ocultación alcanzó aproximadamente el 99,7 %, de modo que la diferencia visual con el absoluto fue mínima.
Un eclipse es particularmente poderoso porque la oscuridad no procede de que haya desaparecido el Sol, sino que éste continúa exactamente donde ya estaba. Lo que ocurre es que, durante unos instantes, otro cuerpo se interpone entre él y nosotros. La luz sigue existiendo, pero queda temporalmente oculta. Y aquí se produce una metáfora muy potente, porque el eclipse no destruye el Sol, sino que solo nos priva momentáneamente de verlo
Aún queda una característica clave, como es su fugacidad. Pero, precisamente porque era breve, adquirió valor
Además, el fenómeno tiene una segunda lectura, porque la astronomía puede calcular con enorme precisión el momento en que la sombra llegará, cuánto durará y cuándo se marchará. Y, sin embargo, cuando sucede, continúa produciendo asombro. Los científicos que estudiaron el fenómeno hablaban precisamente de una oscuridad distinta de la noche, algo que altera nuestra percepción, aunque sepamos con seguridad qué está ocurriendo.
Durante siglos, los eclipses han provocado miedo, al interpretarse como señales sobrenaturales, constando testimonios históricos de auténtico pánico ante ellos. Hoy sabemos que son una consecuencia perfectamente predecible de los movimientos orbitales de la Luna, la Tierra y el Sol. Pero, aunque la ciencia sustituyó el temor por el conocimiento, no ha conseguido suprimir el asombro. Conocer la explicación de algo no elimina su misterio.
Aún queda una característica clave, como es su fugacidad. Pero, precisamente porque era breve, adquirió valor. Una oscuridad permanente deja de sorprender, mientras que una oscuridad excepcional parece que obliga a mirar. Y, ciertamente, la totalidad del eclipse recorrió nuestro país en menos de diez minutos. En algunos lugares, su duración se contó por segundos. La oscuridad apareció, alcanzó su máxima intensidad y desapareció.
La sombra no pertenece al lugar por el que pasa. Lo atraviesa un momento y sigue su camino. Los conflictos o las personas pueden oscurecer temporalmente el paisaje, pero no lo borran. Algo que parece haber desaparecido, en realidad, puede haber quedado solo oculto. Incluso el sol. Pero el eclipse, lejos de ser la victoria de la oscuridad sobre la luz, muestra que, aunque dejemos de verla, la luz sigue ahí.
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