Elecciones sin (h)odio

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Publicado: 18 mar 2026 - 01:40
Opinión en La Región
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El odio verdadero subyace en el nuevo invento del sanchismo para rehuir su responsabilidad en la polarización divisiva de los rencores políticos y así limpiar su conciencia. Para eso, la factoría de Moncloa Producciones SA ha ideado una herramienta con la que rastrear el odio en las redes, aunque con la hache de hipocresía por delante. Tras las elecciones de Castilla y León, no hay rastro de odio con hache ni sin hache, porque el PP de Feijóo se afianza, Vox se frena y el PSOE se mantiene con un candidato no sanchista que rentabilizó la debacle de Podemos y Sumar mientras Yoli pedía autógrafos en los Oscar y Bardem enarbolaba chapita y pancarta del “No a la guerra”. Según el último informe sobre la evolución de delitos de odio en España elaborado por el Ministerio del Interior, el odio antisemita figura en primer lugar de la flotilla progresista. El odio intrínseco del odio es aquel que señala a los demás, al rival político y a la oposición para perdonarse a sí mismo y tapar su propia propagación del odio. El odio más peligroso es ese que tiene finalidad persecutoria mediante la herramienta del odio con hache de hipérbole humorística.

Este odio fabricado en las catacumbas de la propaganda electoral es como el colesterol bueno y el malo. El odio bueno es el que se propaga desde el poder, ese odio justificativo del buenismo radical de izquierdas que se coloca en el supuesto lado correcto de la historia, abandera la causa del pacifismo partidista y del cambio climático como religión ideológica. El odio malo es el de la derecha y la extrema derecha que arrasó en Castilla y León, ese odio heredado del franquismo guerracivilista que pretende hacernos olvidar la memoria colectiva equilibrada y tapar el odio terrorista asesino de ETA con cuyos herederos políticos pacta el sanchismo.

El (h)odio con hache de hazmerreír nace en el afán gubernamental de someter la crítica

Hay un (h)odio retórico de pandereta y tertuliana en cabestrillo, y un odio que se pone en evidencia con denuncias falsas sin herramientas de internet ni filtros de prensa sincronizada. El odio sin hache, en su etimología, es la antipatía y aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea y persigue. El odio sin hache es la rabia transformada en rencor, puro sentimiento de repulsa, rechazo y aborrecimiento. El (h)odio con hache es otra campañita más de agitación y movilización, el lado chivato del poder hegemónico y del señalamiento. El (h)odio con hache de hazmerreír nace en el afán gubernamental de someter la crítica, en la voluntad electoralista de explotar la confrontación y la polarización, en la necesidad de promover narrativas de odio con utilidad política.

En todos estos movimientos impulsados desde la Moncloa los españoles ya saben a qué atenerse: habrá odio si se rechazan políticas gubernamentales como la regularización masiva de inmigrantes con fines electorales, si se denuncia la corrupción del sanchismo porque como todo el mundo sabe sólo son bulos fascistas de jueces, picoletos y pseudomedios o si se combate la impunidad de golpistas, cómplices de ETA o fiscales del Estado condenados por el Supremo. Eso es el odio intrínseco del (h)odio.

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