José Antonio Constenla
Sánchez y la fuerza del amor
El pasado viernes, en el programa “En Portada” de Telemiño, debatimos sobre los vehículos eléctricos y el futuro de nuestra movilidad. Las reticencias demuestran que aún confundimos obstáculos actuales con imposibilidad de avanzar. El eléctrico no es perfecto, pero ¿mejora al motor de combustión? La evidencia dice que sí.
Uno de los reproches habituales es que fabricar sus baterías también contamina. Cierto. Extraer minerales y producirlas tiene un coste ambiental. Pero comparar la fabricación de un eléctrico con el tubo de escape de un diésel es hacer trampas: hay que evaluar toda la vida del vehículo. La Agencia Internacional de la Energía calcula que un turismo eléctrico de tamaño medio emite, globalmente, más de un 55% menos gases de efecto invernadero durante su ciclo de vida que uno equivalente de gasolina. Ese exceso inicial suele compensarse tras dos años de uso.
También se afirma que la electricidad puede proceder de combustibles fósiles. Por supuesto. Pero un motor de gasolina nunca dejará de quemar gasolina, mientras que el eléctrico se beneficia cada año de una red progresivamente más limpia. Según Red Eléctrica, las renovables aportaron en España el 56,6% de la generación en 2025, incluido el autoconsumo. Y un eléctrico no expulsa gases contaminantes por el tubo de escape en nuestras calles.
Por eso hacen falta ayudas bien diseñadas, infraestructura fiable y opciones asequibles, en vez de convertir las barreras actuales en excusa para no avanzar.
La red pública española ya supera los 58.000 puntos de carga operativos, aunque hay miles instalados que todavía no funcionan; corregir esa deficiencia es una de las asignaturas pendientes. Siguen siendo caros para muchas familias y no todos pueden recargar en casa. Por eso hacen falta ayudas bien diseñadas, infraestructura fiable y opciones asequibles, en vez de convertir las barreras actuales en excusa para no avanzar. Defender el eléctrico no significa exigir que mañana todo el mundo cambie de coche porque cada usuario o empresa debe analizar sus necesidades.
Ahora bien, tampoco confundamos electrificación con movilidad. Sustituir cien coches de combustión por cien eléctricos reduce emisiones locales, pero no elimina un solo atasco ni libera una plaza de aparcamiento. Y aquí aparece el problema de Ourense: el Concello adopta medidas aisladas sin ofrecer alternativas creíbles a quienes necesitan desplazarse al centro por trabajo, comercio, estudios o atención sanitaria.
Conviene ser precisos: Ourense sí dispone de un Plan de Movilidad Urbana Sostenible, aprobado en 2019. Lo escandaloso no es su inexistencia formal, sino la distancia entre aquel documento y la realidad cotidiana. Se proyectaron aparcamientos disuasorios, mejoras del transporte público y una reordenación integral del tráfico. Siete años después, quienes conducen siguen encontrándose cada vez con más calles restringidas y dificultades para estacionar, pero no con una red de alternativas suficientemente desarrollada.
La supresión de la ORA es un buen ejemplo de cómo una decisión aparentemente popular puede volverse contra la ciudad. Eliminar el pago no crea una sola plaza: elimina el incentivo para que los vehículos roten. Cerca de 900 espacios dejaron de tener aquella regulación y hoy es más difícil encontrar sitio en el centro. Los coches dan vueltas buscando un hueco, generando retenciones y emisiones. El propio gobierno municipal reconoció el problema y estudió otra regulación. ¿Dónde estuvo la planificación de tan brillante idea?
A ello se suma el cierre judicial del aparcamiento de San Antonio y la pérdida de plazas por distintas peatonalizaciones, por no hablar de la escandalosa privatización encubierta del aparcamiento de la estación de tren, siempre completo a disposición de las empresas de alquiler.
No cuestiono que se recuperen espacios para los peatones; al contrario, una ciudad agradable debe poder recorrerse a pie. Lo que cuestiono es peatonalizar sin resolver antes cómo llegan los trabajadores, los mayores, las familias, los servicios de emergencias y quienes vienen de nuestros concellos rurales, donde depender del automóvil no siempre es una elección.
Ourense necesita aparcamientos disuasorios conectados con autobuses frecuentes, transporte público competitivo, información en tiempo real sobre plazas disponibles, regulación inteligente del estacionamiento y accesos al centro organizados con criterios técnicos. Debe impulsar la recarga eléctrica, proteger la carga y descarga y garantizar el paso de emergencias. Nada de esto se consigue a golpe de publicación y ocurrencia.
La transformación necesita de concienciación. Hace falta explicar con datos las ventajas y limitaciones del coche eléctrico, combatir los mitos y fomentar hábitos responsables: compartir desplazamientos, utilizar el transporte público cuando sea viable y respetar los espacios peatonales. Esa conciencia no nace de culpabilizar al conductor, sino de informar, educar y ofrecer alternativas reales. Y las administraciones deben dar ejemplo.
No enfrentemos a conductores, peatones o ciclistas. La movilidad sostenible no consiste en dificultar la vida a quien necesita moverse; consiste en ofrecerle mejores maneras de hacerlo. El futuro será más limpio, pero en Ourense también debería ser más fácil llegar a destino.
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