Cuando Fernández Miranda venía por aquí antes de la trampa saducea

Publicado: 25 ago 2026 - 05:55
Torcuato Fernández Miranda, tras inaugurar la Casa de la Juventud.
Torcuato Fernández Miranda, tras inaugurar la Casa de la Juventud.

En la primavera de 1970 se puso en marcha la habilitación de la llamada “Casa de la Juventud” y meses después vino a inaugurarla el ministro secretario general del Movimiento Torcuato Fernández Miranda. La obra costó 7 millones de pesetas de la época con el propósito de ser un centro polideportivo y cultural para la juventud toda, y no sólo -se dijo- para los afiliados a la OJE. En aquellos años finales del franquismo, a pocos personajes relevantes del régimen se dejaron ver por aquí, a excepción de Fernández Mirada, quien acudiera a inaugurar aquel centro de lo que Franco llamaba la “Obra predilecta del Régimen”. Vale la pena recordar aquel episodio porque su protagonista dejó una serie de frases para la posteridad que, contempladas en conjunto y con la adecuada perspectiva expresan de manera paradigmática la construcción de la Monarquía derivada de la guerra civil, como tan certeramente la define uno de los personajes que con mayor ahínco trabajó para instituirla, López Rodó: “El verdadero punto de partida de la larga marcha que había de conducir a la implantación de la Monarquía fue el Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936”.

El propio preceptor real se dio cuenta de que aquel invento no tenía salida posible y era un mal remedo de los partidos políticos entonces prohibidos.

El autor de la Ley para la Reforma Política, lanzó en cada momento la frase justa que permite calibrar el estado de ánimo del régimen del general Franco. Pero su frase por excelencia, para muchos no inteligible en primera instancia, fue la famosa “trampa saducea”, lo que por otro lado revelaba que era un hombre culto. La expresión se hizo popular al emplearla Fernández-Miranda en las Cortes (6 de noviembre de 1972), cuando le preguntaron su opinión sobre las asociaciones políticas. El propio preceptor real se dio cuenta de que aquel invento no tenía salida posible y era un mal remedo de los partidos políticos entonces prohibidos.

En el Diario de Sesiones de las Comisiones de las Cortes Franquistas, apéndice número 65, 6 de noviembre de 1972, leemos: “Quizá tuviera yo un éxito rotundo fácil si aceptara la tentación de decir sí o no. Se me dice a veces que contestar sí o no es contestar como Cristo nos enseña en los Evangelios. Se nos dice la contestación es sí cuando es si y no cuando es no, pero la contestación no puede ser simplemente si o no cuando la simplicidad la destruye; vemos como en la propia actuación del maestro se elude con harta frecuencia esta sencilla contestación de si o no (…) Decir, por tanto, sí o no a las asociaciones políticas es, sencillamente, una trampa saducea. Los saduceos preguntaban así, montando una alternativa respecto de la cual, si se aceptaba uno de los términos, malo, y si se aceptaba otro, peor. Es la clásica pregunta de Es lícito dar al César…, etcétera. Pues bien, ruego a los señores procuradores que tengan paciencia, pues no caeré en la trampa de decir sí o no al asociacionismo político porque de este modo no se esclarecería el tema.” Sencillamente memorable.

Donde todo el genio del prestigioso preceptor del luego sucesor de Franco, a título de rey, brilla plenamente es cuando tranquiliza a su pupilo Juan Carlos, de cuya formación se le encarga, quien le manifiesta sus escrúpulos ante la jura de los Principios del Movimiento Nacional que, como se sabe, eran “permanentes e inalterables por su propia naturaleza”. Fernández-Miranda aconseja a Juan Carlos que jure sin turbarse los tales inmutables principios, “que ya los cambiaremos después”. Lo que inevitablemente recuerda aquella memorable secuencia cinematográfica de Groucho Marx, cuando manifiesta: “Estos son mis principios, y si no le gustan tengo otros”.

Torcuato Fernández-Miranda, más tarde máximo reformador del Franquismo, al elaborar la fórmula “que el Rey me ha pedido”, según sus biógrafos y herederos, es también, según cita Madrigal Tascón, el autor de la Teoría del Caudillaje. Dice este autor que toda autoridad necesita un fundamento que la legitime, o título de legitimidad, que una cosa es el poder, o posibilidad física y material de ordenar y mandar, porque se poseen los medios coactivos para llevar a efecto lo ordenado o mandado, y otra cosa distinta es la autoridad, o título legítimo que justifica el ejercicio del poder. Y añade que poder sin autoridad equivale, pues, a despotismo y tiranía. Años después redacta la Ley para la Reforma Política y se la entrega a Suárez con la famosa frase: “Esto no tiene autor”. Y de ahí deriva todo el proceso de “reinstauración” de la monarquía hasta el presente,

Este personaje que hoy recuerdo vino a decirnos que, si bien la legitimidad del poder descasaba tradicionalmente en la sucesión y la elección, el caudillaje, en este caso de Franco, estaba fundamentado en otro principio, la “Res Nullius”. El poder del Estado (pese a que había un gobierno de la II República reconocido en todo el mundo) estaba tirado en la calle. Y Franco tomó el poder como el símil del buque que, en circunstancias de peligro, se queda sin capitán y sin nadie que le sustituya. Aquella persona que, en medio de este caos, fuera capaz de imponer el orden necesario para evitar el naufragio se constituiría con todo derecho en capitán del buque. Y ya está.

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