Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
Severiano Ballesteros “Seve”
EL ÁLAMO
El gato es el animal doméstico al que todo hombre querría parecerse. No hace nada realmente útil, salvo cuando le resulta divertido, y es una pérdida de tiempo tratar de enseñarle a hacerlo. Jamás cuidará de otros animales como hace un perro, puede llegar a ser el bicho más perezoso del planeta, y es incapaz de distinguir entre seres vivos excepto en una categoría: comida o no comida. Sin embargo, lo espera todo de ti, se comporta como un eterno adolescente al que el mundo le debe todo, y posee un oído extraordinariamente selectivo que apaga al instante cuando suena una reprimenda. Que el hombre posmoderno esté sustituyendo al perro por el gato como compañero de vida no dice absolutamente nada sobre los felinos, y dice absolutamente todo sobre el hombre posmoderno, el mismo que ahora busca consuelo emocional en los chatbots de Inteligencia Artificial.
La mayoría de mis amigas acarician al gato, lo miman, y el bicho responde con somnoliento egoísmo a tantas atenciones que, por otra parte, sabe que ni le corresponden ni las corresponderá jamás"
Tengo muchas amigas con gato y aseguran que son una fuente de felicidad. Sin embargo, no conozco a ningún hombre con gato al que no haya terminado trayéndole problemas, en parte porque el tipo de cosas que divierten al macho son un estimulante natural para la locura genética de los felinos. Es importante remarcar que el gato es un animal enloquecido por naturaleza, al que a duras penas logramos adaptar a unas ciertas normas de modo que pueda disimular a ratos que está como una maldita cabra.
La mayoría de mis amigas acarician al gato, lo miman, y el bicho responde con somnoliento egoísmo a tantas atenciones que, por otra parte, sabe que ni le corresponden ni las corresponderá jamás. Pero mis amigos juegan a otra liga cuando se aburren: lo disfrazan de cabra, intentan enseñarle a saltar y agarrarse de la lámpara, o juegan al rugby con ellos en el salón de casa. A menudo, lo que para el amigo es un divertimento, para el gato, secretamente, es una guerra a vida o muerte. Tengo la teoría de que mis amigos sobreviven a sus gatos solo porque estos son plenamente conscientes de que, por mucha mala leche que tengan, no les resultaría sencillo asesinar a un tipo que pesa 15 veces más que ellos. Una verdad incómoda: el día que los gatos aprendan a manejar un kalashnikov, el 99% de los dueños de gatos morirán.
De todas las desdichas que le han caído a José Luis Ábalos en los últimos meses, sin duda, la peor no es su ingreso en prisión, ni que sus amantes confiesen sus miserias en platós de televisión. La peor, la acabamos de descubrir, es que hay dos gatos en su vida. El primero encierra una triste historia: su ex mujer reclama su custodia y acusa de “ladrona de gatos” a Andrea, una de las novietas del exministro de Sánchez. El segundo saltó ayer a la fama, cuando se convirtió en protagonista del testimonio de Jessica ante el tribunal. La enésima ex de Ábalos confesó que el exministro le hizo adoptar un gato y que el animal fue el causante de que, rota la relación, el político socialista le siguiera pagando su piso de lujo. No está claro aquí si Ábalos quería proteger a Jessica o librarse de la furia del gato despechado.
Mientras Jessica entraba en detalles, gato arriba, gato abajo, Ábalos escuchaba como ausente, y abría cada vez más los ojos, tanto que parecía que iban a caérsele al suelo y rodar por la sala. Al fin musitó para sí mismo “¿un gato?”, como si no recordase que el fruto de su amor con Jessi, a falta de bebés, fue un felino. En el video del juicio, lo magistral son las caras de los presentes en el tribunal, que oscilan entre la sorpresa y los esfuerzos por no partirse de risa.
De todos modos, la historia del segundo gato de Ábalos no resultaría lo bastante redonda si no fuera porque al final hemos conocido qué nombre le pusieron: Pequeño Ratón. O sea, desde al menos las aventuras de Tom y Jerry sabemos la existencia de ciertas tiranteces en la relación entre el gato y el ratón, más que nada porque el segundo forma parte de la dieta natural del primero. Y va la Jessi y el José Luis, adoptan un gato, y le llaman “Ratón”, y además “Pequeño”, por si la primera humillación no hubiera sido suficiente. Los ex tortolitos deberían dar gracias al cielo de que el gato desconozca el significado real de su propio nombre. El fallo del tribunal sobre sus corruptelas sería un chiste al lado de la venganza que podría perpetrar Pequeño Ratón.
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