David Alvarado
Desleixo sen castigo
DÍAS Y COPLAS
La guerra se me presenta con tres vidas. Está la que se oye, la que sucede y la que nos atraviesa sin pedir permiso. Tiene esa capacidad para existir en varios planos a la vez. Antes de ser un hecho, es un rumor; mientras ocurre, es una herida; cuando parece lejana, sigue filtrándose en nuestras rutinas. Y en este tiempo convulso, con Ucrania resistiendo y Oriente Medio siempre al borde de un nuevo sobresalto, convivimos con esas tres vidas como si fueran estaciones de un mismo tren que nunca deja de pasar.
La segunda vida es la más brutal, es la guerra que ocurre, la que se libra en las trincheras ucranianas, donde barro, frío y drones conviven como elementos cotidianos o la que se siente en Oriente Medio, donde cada gesto puede desencadenar un incendio regional
La primera vida de la guerra es sonora. No hay explosiones, pero sí un murmullo constante con declaraciones altivas, advertencias diplomáticas y movimientos militares que se anuncian como si fueran estrenos de temporada. Es la guerra mezcla de alarma y suspense que se cuela en los titulares y en las sobremesas. Ese ruido erosiona la tranquilidad. Es un recordatorio de que algo se gesta, de que el mundo se tensa, de que la paz es más vulnerable de lo que nos gusta admitir. Y aunque aún no haya estallado nada, ya nos tiene en vilo poniendo a prueba nuestra fragilidad. Ese ruido desgasta con banda sonora omnipresente, incómoda e imposible de ignorar. Y, como toda música, acaba condicionando nuestro estado de ánimo.
La segunda vida es la más brutal, es la guerra que ocurre, la que se libra en las trincheras ucranianas, donde barro, frío y drones conviven como elementos cotidianos o la que se siente en Oriente Medio, donde cada gesto puede desencadenar un incendio regional. Aquí el ruido llega con impacto. No hay especulación sino consecuencias. Esta guerra no cabe en un tuit ni en un mapa simplificado. Es una suma de vidas interrumpidas, de decisiones tomadas lejos de quienes las sufren, de historias que no llegan a los informativos porque no caben en un minuto y medio. Es la guerra que existe, aunque no la miremos. La que deja desplazados, heridas y silencios. La que no se puede contar del todo porque siempre falta un matiz, un rostro o una historia.
La tercera vida es la más silenciosa y, quizá, la más insidiosa. Es la guerra que vivimos sin dispararnos, pero nos afecta. Lo hace con inflación, incertidumbre energética y discursos polarizados, dando sensación de que el mundo se ha vuelto más frágil e imprevisible. Es la guerra que se cuela en la factura de la luz, en el precio del pan, en la ansiedad colectiva. La que convierte cada noticia internacional en una preocupación doméstica. La que dice que, aunque no estemos en el frente, nadie está completamente a salvo de las ondas expansivas.
Estas tres vidas no son compartimentos estancos, se alimentan entre sí. El ruido prepara la realidad; la realidad alimenta el miedo y el miedo transforma la vida cotidiana. En ese ciclo, la ciudadanía queda atrapada entre información, incertidumbre e impotencia.
La pregunta, entonces, no es solo cómo evitar la guerra que sucede, sino cómo gestionar la que se oye y la que nos atraviesa. Cómo no dejarnos arrastrar por el ruido ni paralizar por la sombra de lo que ocurre lejos, pero repercute cerca. Vivimos una guerra que no peleamos, pero que nos afecta. Una guerra que se libra en mercados, en redes sociales, en conversaciones de café. Una guerra que no destruye edificios, pero sí certezas porque pocas cosas hay más absurdas que un planeta que presume de avances tecnológicos mientras sigue resolviendo conflictos como en la Edad de Piedra, solo que ahora con drones.
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