Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
Pablo VI
Existe una discriminación de la que apenas se habla y que, sin embargo, afecta a millones de personas: la que sufren los jubilados. Es una discriminación silenciosa, casi invisible, porque se ha normalizado la idea de que quien deja de trabajar deja también de ser útil. Como si la jubilación fuera una especie de fecha de caducidad que inutilizara de golpe la inteligencia, la experiencia o la capacidad de aportar a la sociedad.
Nada más lejos de la realidad.
Un jubilado deja de percibir un salario, pero no pierde sus conocimientos, su criterio ni el bagaje acumulado durante cuarenta o cincuenta años de vida profesional y personal. Al contrario, alcanza una etapa en la que la experiencia, la serenidad y la independencia de juicio suelen estar en su punto más alto.
Resulta paradójico que vivamos en una sociedad que proclama la importancia del talento y, al mismo tiempo, desaproveche el de millones de ciudadanos perfectamente válidos. Personas que podrían asesorar, formar, emprender, participar en organizaciones sociales o transmitir su experiencia a las nuevas generaciones. En lugar de ello, muchas veces se las empuja a una especie de retiro social no escrito, como si ya hubieran cumplido su misión.
Y esta reflexión alcanza también a la política.
Un país que convierte en invisibles a quienes más experiencia acumulan está desperdiciando uno de sus mejores activos
Con demasiada frecuencia se identifica la renovación con la juventud, olvidando que gobernar no consiste en dominar las redes sociales ni en improvisar eslóganes. Gobernar exige conocimiento, prudencia, capacidad para anticipar las consecuencias de las decisiones y, sobre todo, experiencia. Virtudes que rara vez se adquieren antes de haber recorrido un largo camino.
No se trata de sustituir unas generaciones por otras. La política necesita jóvenes con ideas nuevas y mayores con experiencia. Lo inteligente es combinar ambas miradas. Sin embargo, parece que hoy muchos consideran que, cumplida una determinada edad, una persona ya no está en condiciones de representar a los ciudadanos. Es un prejuicio tan injusto como pensar que alguien joven carece necesariamente de preparación.
La historia demuestra precisamente lo contrario. Algunos de los grandes líderes políticos, empresarios, científicos o pensadores realizaron sus aportaciones más valiosas cuando otros ya los habrían considerado “demasiado mayores”. La edad no incapacita; lo hacen la falta de preparación, la ausencia de principios o la pérdida de ilusión, defectos que no entienden de años.
Mientras tanto, son precisamente los jubilados quienes sostienen buena parte de nuestro Estado del bienestar invisible. Cuidan de sus nietos, ayudan económicamente a hijos y familiares, hacen voluntariado, participan en asociaciones y mantienen viva una inmensa red de solidaridad que pocas veces aparece en los indicadores económicos. La sociedad se beneficia diariamente de ellos mientras, paradójicamente, apenas les concede voz.
Quizá haya llegado el momento de cambiar la mirada. La jubilación debe ser un derecho, nunca una condena al olvido. Una sociedad inteligente no aparta a quienes más saben; los incorpora, los escucha y aprovecha su experiencia. Porque el talento no desaparece al cumplir una determinada edad.
Y porque un país que convierte en invisibles a quienes más experiencia acumulan está desperdiciando uno de sus mejores activos. No podemos permitirnos ese lujo.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Eduardo Medrano
TAL DÍA COMO HOY
Pablo VI
Manuel Orío
RECORTES
Enseñar al que no sabe
Fernando Ramos
Historias de un sentimental
Aquellas leyendas del fútbol ourensano que no se deben olvidar
Fernando Jáuregui
Ahora Trump ya sabe dónde está España
Lo último
EXPEDIENTE DISCIPLINARIO
El CGPJ estudia archivar las quejas contra el juez Peinado por el caso Begoña Gómez
TANGANA TRAS EL PARTIDO
La FIFA abre una investigación a Argentina por los incidentes tras la final del Mundial
FESTAS APÓSTOLO
Inauguración de las Festas do Apóstolo con la Real Filharmonía