Julián Pardinas Sanz
La irresponsabilidad de Sánchez
Hay que reconocerle a Pedro Sánchez un mérito que difícilmente podrá negarle la historia: ha conseguido gobernar España durante años sin ser responsable prácticamente de nada de lo que ocurre bajo su Gobierno. Es una proeza. Si algún día se inventa el Premio Nacional de la Evasión de Responsabilidades, tendrá que recibirlo por aclamación. Porque en la España de Sánchez siempre ocurre lo mismo. Si algo sale bien, es gracias al Gobierno. Si sale mal, la culpa es de otro. Si hay corrupción, no sabía nada. Si hay un escándalo, es una campaña de la derecha. Si un juez investiga, aparece el lawfare. Si la prensa incomoda, hay intoxicación. Si la oposición critica, crispación. Y si alguien recuerda lo que Sánchez dijo hace seis meses, aparece la explicación mágica: las circunstancias han cambiado. Qué suerte tiene el presidente: las circunstancias cambian siempre a su favor.
Sánchez ha elevado el arte de gobernar sin asumir responsabilidades a la categoría de doctrina política. Su Gobierno parece instalado en una realidad paralela en la que los problemas existen únicamente cuando pueden utilizarse para atacar a sus adversarios. Todo lo demás es una herencia del pasado, una competencia autonómica, una decisión de un funcionario o, directamente, una conspiración.
Es un Gobierno extraordinario: responsable de los éxitos y huérfano de los fracasos. Cuando la economía ofrece un dato favorable, Moncloa descorcha el champán. Cuando aparece un dato incómodo, resulta que España es un país complejo y las competencias están repartidas. Cuando algo funciona, Sánchez gobierna. Cuando algo falla, Sánchez delega. Y si la responsabilidad acaba acercándose peligrosamente a la Moncloa, siempre queda una última línea de defensa: cambiar de tema.
Cualquier cosa sirve para que el debate abandone la pregunta incómoda: ¿quién es el responsable de lo que está ocurriendo? La respuesta, naturalmente, nunca parece ser Sánchez
No importa que los ciudadanos estén preocupados por la inseguridad, la inmigración irregular, la vivienda o la corrupción. Siempre hay una emergencia narrativa preparada. Un enemigo nuevo. Una polémica nueva. Cualquier cosa sirve para que el debate abandone la pregunta incómoda: ¿quién es el responsable de lo que está ocurriendo? La respuesta, naturalmente, nunca parece ser Sánchez. El problema no es que Sánchez cambie de opinión. El problema es que parece considerar que cambiar de opinión no exige reconocer que se ha cambiado. La memoria, en su Gobierno, parece tener fecha de caducidad.
Una democracia no funciona únicamente porque haya elecciones. Funciona porque quienes gobiernan responden políticamente de sus decisiones. Porque existen controles. Porque las instituciones pueden incomodar al poder. Porque los errores tienen consecuencias. Porque una dimisión debería ser una consecuencia normal de la responsabilidad pública.
En la España de Sánchez, sin embargo, dimitir parece haberse convertido en una costumbre propia de épocas remotas. Aquí se aguanta. Se niega. Se resiste. Se culpa a otro. Y se continúa. Y cuando la realidad amenaza con desmentir el relato oficial, se fabrica otro. Quizá por eso el verdadero lema de este Gobierno no sea aquel famoso “España avanza”. Quizá sea otro mucho más sincero: “Aquí no ha pasado nada y, si ha pasado, nosotros no hemos sido”.
Sánchez ha conseguido algo que parecía imposible: convertir la responsabilidad política en un concepto teórico. Una palabra que aparece en los discursos, pero que rara vez llega a la Moncloa. Y ahí está la verdadera tragedia. No en que un Gobierno se equivoque -eso puede ocurrir-, sino en que haya convertido el reconocimiento del error en una debilidad y la rectificación en una humillación.
Un gobernante puede equivocarse o fracasar. Lo difícil de aceptar es que, después de todo eso, jamás encuentre un motivo para decir las dos palabras que deberían ser inseparables del poder democrático: “Me equivoqué”. Sánchez no parece necesitarlas. Para él siempre hay una explicación. Siempre hay un culpable. Siempre hay un relato.
Y siempre, absolutamente siempre, queda alguien al que responsabilizar. Menos a Sánchez. Él, por lo visto, solo estaba gobernando.
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