¡Hasta luego Mari Carmen!

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Publicado: 13 jun 2026 - 07:05
Isaac Pedrouzo
Isaac Pedrouzo | La Región

Mari Carmen nunca fue la primera opción de nadie. Y nunca soportó el trato condescendiente de los señores de los bares. De los señores en general. Mari Carmen era más lista. De poco le servía una aventura donde solo una de las dos personas llegaba a un estado placentero. Casi siempre a medias. Como tomarse una cerveza sin espuma. Una tortilla sin cebolla.

Como decir te quiero y que te respondan gracias.

Tenía el pelo rubio, más rubio que las actrices de Hollywood. Más rubio en verano. Más rubio que las pititas que huelen a coco y anís.

Mari Carmen era así, concluyente en la manera donde el qué dirán suena como una promesa política: a vacío. A futuro improbable.

Al llegar a los treinta ni siquiera tuvo crisis. Había conseguido todas las cosas que se había propuesto conseguir. Un trabajo fijo en el concello. Un mini rojo, que se lo había visto a Charlize Theron en la película The Italian Job. Una independencia que no tuvo que firmar con nadie. Compartir con nadie. Mari Carmen era así, concluyente en la manera donde el qué dirán suena como una promesa política: a vacío. A futuro improbable.

Toda la vida quiso hacerse un tatuaje. Toda la vida le fue imposible. Un padre clasista que, aun siendo ausente, siempre aparecía para amenazar y prohibir. Una madre que se dedicaba a sus labores. Sus labores, que eran sobre todo callar y asentir. Y volver a callar.

Le pareció buena idea tatuarse una paloma, que, aunque la gente las considerase las ratas del aire, Mari Carmen las veía como una imagen de libertad. Menos cuando se comían las patatas fritas y ciscaban todos los vasos en las terrazas del barrio.

Encontró un estudio que se llamaba Tinta Turner. Nombre calamitoso de atracción inevitable. Donde Uxío, un rapaz melenudo y con calaveras tatuadas en ambas manos, sonreía con constancia inalterable de figurante discreto.

Escogió Mari Carmen las costillas por si de repente se aburría poder taparlo. Mari Carmen era así, tomaba todas sus decisiones en base a la posibilidad de cometer un error y tener la solución bajo del brazo.

Aguantó el primer pinchazo por lo inesperado. A los dolores nuevos hay que acostumbrarse. Como a la soledad, que al principio está esparcida por toda la casa. Que después ni te acuerdas de que sigue allí.

Pasado un rato en que la paloma ya tenía un ojo y hasta medio ala, el tatuador preguntó si quería descansar. Si estaba bien. Si le dolía.

Mari Carmen, con su habitual gesto revoltoso y en un acto de espontaneidad inocente, respondió: “Me duele un poco, casi nada, como duele el sexo anal”.

Uxío, sin darse cuenta, exclamó en alto “¡Hasta luego Mari Carmen”!

Se rieron al unísono en una sola carcajada.

Ahora Mari Carmen tiene dos palomas, el pelo rubio casi blanco como las muñecas de porcelana, un puesto funcionarial de por vida y algunos dolores nuevos que ya nunca se irán.

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