Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Yo acuso
SENDA 0011
Esta mañana, a las once, más de cuatro mil corredores saldrán del Puente del Milenio en la cuadragésima novena edición de la San Martiño. Diez kilómetros por el centro de Ourense, con recorrido nuevo y más de once mil inscritos entre todas las categorías, un récord. La organización coloca a cada corredor en un cajón de un color según la marca que ha acreditado, para que salga con gente de su nivel. Es una buena idea, y quien la pensó sabe mucho de carreras. Y aun así, dentro de un rato pasará lo de siempre.
Quien haya corrido alguna vez una carrera popular, y yo he corrido unas cuantas, lo sabe. Suena la salida, la gente aprieta y uno se engancha al de delante. Va cómodo, va rápido, se siente mejor que nunca. En el kilómetro dos mira el reloj y está corriendo a un ritmo que no es el suyo. En el seis empieza a pagarlo. En el ocho le adelanta, tranquilamente, el que salió a su paso.
Lo curioso es que en una carrera popular casi nadie compite contra nadie. Salvo los que pelean por el podio, cada uno corre contra su reloj. Y sin embargo, la mayoría acaba corriendo la carrera del de al lado.
En las empresas pasa muchísimo, y estos días más que nunca, porque noviembre es el mes de los presupuestos. Muchas compañías no se fijan objetivos. Copian los de su competidor. Si él lanza un producto, hay que lanzar otro. Si baja precios, bajamos. Si abre en otro país, nos preguntamos por qué no estamos allí. Si crece un veinte por ciento, nuestro quince parece un fracaso, aunque fuese exactamente lo que podíamos y debíamos crecer.
Conviene decir también lo otro. Esto no es una invitación a correr con los ojos cerrados. En una carrera, ir en grupo ayuda: te protege del viento, te marca un ritmo, te hace compañía cuando las piernas pesan. Las grandes carreras llevan liebres precisamente por eso. Mirar al competidor sirve, y mucho, para aprender.
El problema es que del de delante sólo se ve la espalda. No se ven sus piernas, ni cómo ha entrenado, ni si va a reventar en el kilómetro siete. De un competidor se ve lo que anuncia, no lo que le cuesta. No se ve su deuda, ni su margen, ni las razones que tiene para hacer lo que hace, que a lo mejor son malas. Copiar su ritmo es apostar a que él sabe lo que hace. Y además tiene una trampa evidente: quien copia llega, en el mejor de los casos, el segundo.
Lo he visto muchas veces en veintidós años, y no siempre desde fuera. Planes enteros construidos mirando el retrovisor, decisiones que en el fondo sólo se explicaban por no quedarse atrás. Casi ninguna salió bien del todo. No porque el otro se equivocase, sino porque su carrera no era la nuestra. Y hay un efecto más silencioso todavía: un equipo que sólo mira al competidor deja poco a poco de mirar al cliente. Las reuniones se llenan de lo que hace el otro y se vacían de lo que nos piden quienes nos pagan. Al final se compite muy bien en una carrera que el cliente ni siquiera está mirando.
Conviene decir también lo otro. Esto no es una invitación a correr con los ojos cerrados. En una carrera, ir en grupo ayuda: te protege del viento, te marca un ritmo, te hace compañía cuando las piernas pesan. Las grandes carreras llevan liebres precisamente por eso. Mirar al competidor sirve, y mucho, para aprender. Para saber qué es posible, qué está pidiendo el cliente, dónde nos estamos quedando atrás. Lo que no conviene es usarlo para decidir. Una cosa es correr con el grupo y otra muy distinta es olvidarse de mirar el propio reloj.
El ejercicio de esta semana viene bien con el presupuesto encima de la mesa. Coja los tres objetivos más importantes que va a fijar para el año que viene y, al lado de cada uno, escriba por qué ese número y no otro. Si la respuesta empieza por “porque la competencia”, ese objetivo es la marca de otro. Pregúntese entonces cuál sería el suyo si su competidor no existiera. A veces es más alto. A veces, más bajo. Casi siempre es más honesto.
Hoy, en la meta de la rúa do Progreso, nadie preguntará a los que lleguen a quién adelantaron. Mirarán el reloj, buscarán a la familia y comentarán cómo les han ido las piernas. Incluso los que pelean por ganar persiguen también un número: el récord de la prueba, veintiocho minutos y cuarenta y dos segundos. Y a muchos les espera la mejor noticia posible, que no es haber ganado a nadie, sino haber corrido su carrera.
En la carrera de cada uno, el único rival que importa lleva su mismo dorsal.
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