La geografía invisible del Camino

Publicado: 08 nov 2026 - 02:50
Opinión en La Región
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Acabo de volver de recorrer algunas etapas del tramo central del Camino de Santiago Francés, buscando el aislamiento terapéutico que ofrece navegar por ese río de sensaciones. Nunca he dispuesto de un mes entero para recorrerlo de un solo tirón, así que debo conformarme con estas inmersiones parciales. Cuando te incorporas a la ruta con toda la energía física intacta, te adentras de golpe en un ecosistema singular, el formado por el Camino y sus peregrinos, donde la mayoría de los caminantes llevan ya muchos días a sus espaldas desde que partieron de Saint-Jean. Cargan con el cansancio acumulado y cada uno con sus pequeñas cuitas físicas. Han compartido kilómetros, habitaciones de albergues con sus inevitables ronquidos, confidencias, penurias, descansos bajo el sol, cafés, cenas comunitarias y trucos infalibles contra las ampollas. Al llegar al pueblo de destino por la tarde, después de algún paseo y algo de turismo tranquilo, descubres que el espíritu de camaradería que allí existe, se parece a una mezcla imposible entre aquellos campamentos de verano de la infancia y las vivencias en la camareta de un cuartel (si es que hiciste la mili). Con una gran diferencia: el Camino es una amalgama de razas, culturas y lenguas, habitada por todas las edades, desde casi adolescentes hasta ancianos, y por todos los estratos sociales. En el Camino no existen las filias políticas ni las urgencias económicas. Allí todos somos iguales: dormimos bajo techos similares, cargamos con mochilas parecidas y pisamos el mismo polvo.

Parece mentira, pero basta un solo día de marcha para sentirte parte de esa comunidad tan dispar. Te vuelves anónimo y, al mismo tiempo, uno más; porque entre tanta gente siempre brotan rostros y miradas cómplices con los que conectar de inmediato. Cruzar el umbral del Camino significa entrar en una burbuja que te aleja años luz de tu entorno habitual y de tus preocupaciones cotidianas. Además, uno decide cómo y con quién quiere caminar, un ejercicio íntimo que suele entrelazarse con los motivos que te llevaron hasta allí.

Algo tan sencillo como avanzar de este a oeste puede convertirse en mil experiencias distintas según la motivación de cada cual. En apenas unas jornadas es posible cruzarse con un chaval de Chicago que un día estudió en Madrid y ha decidido invertir sus vacaciones en la ruta; o con un viejo profesor francés al que descubres por la tarde, absorto entre los libros de la biblioteca de un monasterio, investigando las leyendas del lugar. Te topas también con esa pareja de jubilados gallegos (¡de Ourense!) que a veces caminan cogidos de la mano como si fueran novios; con un maratoniano argentino afincado en Tenerife que parece de Logroño, que es donde hizo el bachillerato; o ese militar andaluz que, debido a sus sonoros ronquidos nocturnos, mantiene una tensa y diplomática relación con un ciudadano británico que los detesta. El destino, implacable, vuelve a reunirlos cada tarde en el mismo dormitorio. Imposible olvidar a ese trío de señoras “muy mayores” llegadas desde las antípodas que avanzan con paso muy muy lento, alcanzando el final de etapa ya entrada la tarde y con el tiempo justo para descansar antes de partir de nuevo al alba. O a los numerosos jóvenes coreanos, siempre educados, respetuosos y obsequiosos. Y que nunca olvidan desearte “¡buen Camino!” con su peculiar acento.

Esta vez mi propósito inicial era caminar en solitario, abstraerme e imbuirme en mi propio mundo. Sin embargo, el azar puso en mi camino a José Ramón, camionero murciano que vive en Tarragona, un compañero de viaje con el que he tenido la suerte de compartir kilómetros, comidas, largas charlas y confidencias. Al final, el Camino te amolda a sus deseos y te recuerda que uno puede buscar el silencio, pero terminas encontrando a los demás.

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