El mochuelo

Publicado: 23 ago 2026 - 02:05
Opinión en La Región
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No había dormido tan felizmente como acostumbraba. Era ya un mes de agosto muy entrado y el calor comenzaba a ser bastante insoportable, incluso en la noche. Se espera de ese tiempo noctámbulo, en el que la oscuridad se desparrama como un líquido gelatinoso que va cubriendo todo, que también se produzca un cierto frescor sobre las seis de la mañana.

La sábana se pegaba a los brazos y le retenía. Comenzó a sentirse como un detenido por la fuerza pública. Es como si todo estuviese prohibido. Imposible moverse con soltura, imposible conciliar el sueño, imposible hilar con cierta sensatez un pensamiento. Las ideas iban y venían, se volvían, y le agarrotaban el pescuezo. Como el dinero no le daba para mucho se había metido en aquel hotelito que más bien era una fonducha de mala muerte. Bueno… es lo que hay, se dijo en el momento en el que una luz azulada se entraba de manera entrecortada, a través de la persiana veneciana. Posiblemente correspondía a alguna vieja ambulancia. Desde entonces otra luz, la del nuevo día se iba arrastrando y colándose como podía.

Como un maníaco que era, tenía un montón de ocurrencias, todas al mismo tiempo

De pronto… presintió una presencia. Alguien estaba allí mismo, cercano y paralizante. Alguien que detenidamente le miraba. Los ojos eran terribles, o se lo pareció a él. El personaje no parpadeaba, mantenía sus ojos fijos, aunque de vez en cuando hacía unos movimientos curiosos de cabeza. Se preguntó cómo conseguía mantener la atención. A él eso le costaba lo indecible. Como un maníaco que era, tenía un montón de ocurrencias, todas al mismo tiempo. Eso le impedía fijar la atención sobre algo determinado y como era fluctuante iba de unas obsesiones a otras en un mínimo espacio de tiempo. El focalizar era para él una verdadera angustia.

Aunque hablar también era para él un sacrificio, hizo un increíble esfuerzo y se dirigió a aquel bicho marrón y gris moteado de blanco. Le preguntó, bastante asustado, quién era, y por qué le estaba mirando. -Te miro porque me da la gana. Lo dijo el bicho, sin excitarse y procurando no provocar a aquel que aún parecía medio dormido. -He preguntado quién eres y qué haces en mi cuarto. -Yo soy tu tío Hilario.

Aquel joven de medio pelo no se extrañó de que le estuviera hablando un mochuelo. Estaba acostumbrado a ver cosas raras desde que consumía aquellas sustancias químicas de diseño. Pero podría haber, también, supuesto que su tío se hubiese muerto y que se hubiese reencarnado en cualquier alimaña, bestia, animal maligno. Con todo, no parecía que fuese tal porque aquel animalito plumífero era rechoncho, amigable, con cabezota grande y ojos amarillos. Y le producía en su despertar una quietud, un descanso, una paz y un aquietarse que seguro sólo pueden transmitir los seres buenos.

Tal era el marasmo que cayó, entonces, en otro profundo sueño. Soñó que también él era un pájaro de ojos enormes, que volaba a tumbos y se aparecía a aquellos que eran estupendos, pero que buscaban la felicidad, un trozo de cielo, envuelto en unas papelinas. En un pañuelo. Nadie sabe si despertó de aquel extraño sueño. Porque no siempre se despierta. Pero se dice, desde entonces, que la esperanza, cuando es fingida, también tiene forma de mochuelo. Y el mochuelo, embadurnado de un polvo blanco con suave reflejo azul, chillaba… chillaba.

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