Xabier R. Blanco
CLAVE GALICIA
“Enchoupados”
El mundo de la ficción nos hace ver a los científicos de una forma muy romántica: enfrascados en su laboratorio, trabajando hasta altas horas de la madrugada, con su bata blanca. En el imaginario del científico, además, se le ve rodeado de probetas de vidrio, con las que hace mezclas de distintas sustancias (¡que a veces explotan o podrían explotar!), o doblando su espalda sobre el objetivo de un microscopio, o, si se dedica a buscar estrellas, sobre un telescopio. Imaginamos a otros científicos pateando desiertos o junglas, buscando especies a punto de extinguirse, o excavando en busca de restos arqueológicos.
Nos imaginamos que todos esos científicos - o científicas - dedican su vida, como un sacerdocio, a la búsqueda del conocimiento, al descubrimiento de cosas que nos harán mejorar como sociedad. Nada puede entorpecer ese sacerdocio, esa búsqueda de la verdad y el conocimiento. El científico debe poner todo su tiempo, empeño y discernimiento en la mejora del saber universal, en la consecución de retos que nos hagan llegar al límite de las tecnologías que mejoren nuestra calidad de vida, vencer enfermedades, acceder a alimentos más nutritivos, calefacción en nuestra vivienda… Sin embargo, esta visión omite dos aspectos que consumen gran parte, a veces la mayoría, de su tiempo: la financiación y la burocracia.
Una vez conseguido el proyecto, comienza otra lucha: la burocracia. Toda la actividad del científico se puede convertir en una pesadilla: la compra de cualquier cosa, justificar un viaje, la adquisición de equipos, la contratación de personal… El tiempo que los científicos desperdiciamos con cuestiones burocráticas es incalculable.
La ciencia requiere recursos, y es el propio científico quien debe conseguirlos. En países con cultura de innovación, parte del dinero proviene de empresas privadas. En España, sin embargo, la financiación depende casi exclusivamente de convocatorias públicas competitivas. Esto obliga a los investigadores a adaptar sus intereses a las prioridades de las agencias financiadoras, ya que sin fondos no hay investigación. Preparar un proyecto implica conocer bien las convocatorias, tener una idea innovadora, escribirla de forma atractiva y presentarla en plazo. Si el proyecto es colaborativo, se suman discusiones y ajustes entre grupos. Dado que la tasa de éxito es baja (dependiendo de la convocatoria, puede ser inferior al 10%), los científicos deben presentar múltiples propuestas para lograr financiación. Esta dinámica constante recuerda al mito de Sísifo: subir la pesada carga una y otra vez sin alcanzar la cima.
Una vez conseguido el proyecto, comienza otra lucha: la burocracia. Toda la actividad del científico se puede convertir en una pesadilla: la compra de cualquier cosa, justificar un viaje, la adquisición de equipos, la contratación de personal… El tiempo que los científicos desperdiciamos con cuestiones burocráticas es incalculable. La legislación está diseñada para todo el sistema público, donde el control económico es una obligación para evitar desmanes en el gasto. Esos controles, sin embargo, matan la actividad científica. La ciencia de excelencia se rige por principios de competencia similares a los del deporte de élite, pero con el yugo del control de lo público atenazando cualquier atisbo de singularidad.
Pero, además, los científicos también deben divulgar sus resultados, transferir conocimiento, formar estudiantes y convencer políticos de la importancia de su trabajo. Nuestros gobernantes, siempre que pueden, presumen de la ciencia, recurren al mantra de que “sin ciencia no hay futuro”, pero se ve que no creen demasiado en ello, ya que no nos financian suficientemente y no cambian las leyes para solucionar la burocracia que nos arrolla. Desde la transición ha habido tres leyes “de la Ciencia” y no se puede decir que cada una de estas leyes no hayan mejorado aspectos de la organización del sistema (gobernanza), de la carrera de los científicos o del concepto de innovación. Pero lo que si es cierto es que desde aquella primera ley del 86 han pasado casi 40 años y los científicos seguimos percibiendo un sistema infrafinaciado, mal organizado (seguimos casi con los mismos problemas que hace 40 años en las convocatorias) y excesivamente burocrático. Seguimos pensando que nuestra actividad nos acerca mucho más a Sísifo y su impotencia de nunca llevar su carga hasta la cima.
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