Pilar Cernuda
CRÓNICA PERSONAL
Sánchez ha manejado bien la cita de Ankara
Si Pedro I, el Mentiroso, se ha marchado a un viaje privado a Londres, en un avión oficial de ochenta plazas, y se va a quedar por allí un par de días -no sé si teletrabajando o reflexionando- creo que si escribo sobre los ombligos, no se va a escandalizar ningún director de periódico. En primer lugar, debo aclarar que no soy partidario de detener a las personas que paseen por el interior de pueblos y ciudades mostrando el ombligo. Soy partidario de la libertad. Ahora bien, junto a la libertad de mostrar la segunda parte más desagradable del cuerpo humano, existe también la libertad de poder expresar, sin censuras, que el obligo es feo, y no hay ombligo guapo.
Sí, ya sé. Los griegos inventaron una leyenda sobre el vuelo de dos águilas, de un extremo a otro de un círculo, y su coincidencia señaló el centro, que resultó ser Delfos, o sea, el centro de todo, el ombligo. Ahora bien, los ombligos que pasan a mi lado por las aceras se parecen tanto a la cima del Parnaso, como un teléfono móvil se asemeja a una columna corintia. Otrosí, según los hindúes, en esa parte del cuerpo se almacena la energía del ser viviente, pero juro por mis hijos que siempre he comprobado que allí se almacena mucha porquería, incluso resistente a la limpieza higiénica de una ducha. He calificado antes al ombligo de la “segunda parte más fea del cuerpo humano”, porque la primera, sin lugar a dudas, es el llamado ojete, al que don Francisco de Quevedo y Villegas dedicó una oda satírica, titulada “Gracias y desgracias del ojo del culo”.
Como no puedo competir con Quevedo, no voy a alabar satíricamente ese trozo de intestino, anudado deprisa y corriendo, y sí, simplemente, dejar constancia de que, amén de ser una fealdad evidente, encima es una fealdad de segunda división, porque le supera ese ojo que no ve. Al principio, esta desagradable exhibición se constreñía a las personas pertenecientes al género femenino, pero compruebo que, a medida que avanza el verano, algunos miembros del género masculino tratan de que descienda la cintura de sus pantalones más abajo para que, gracias a esa incomodidad, puedan mostrar el ombligo. Todos tenemos una opinión, como todos tenemos un culo. Pero no es obligatoria la exhibición. Tampoco la del ombligo.
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