Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
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LIBERTAD DE EXPRESIÓN
Hay una paradoja llamativa en la España actual. Vivimos en una sociedad que presume de libertad de expresión, que multiplica los canales para opinar y que permite a cualquier ciudadano difundir sus ideas de manera instantánea. Sin embargo, nunca había habido tanta gente que prefiere callarse lo que piensa.
Basta una conversación sincera para comprobarlo. Son innumerables las personas que, en privado, expresan opiniones que jamás se atreverían a manifestar en público. Lo hacen en una comida familiar, entre amigos de confianza o en una charla informal, pero cambian de tono en cuanto perciben que sus palabras pueden tener consecuencias sociales, profesionales o personales.
No se trata de censura legal. Nadie llama a su puerta por expresar una opinión controvertida.
No se trata de censura legal. Nadie llama a su puerta por expresar una opinión controvertida. El fenómeno es más sutil y, precisamente por ello, más difícil de combatir. Es una censura social difusa, ejercida por el miedo al señalamiento, al aislamiento o al linchamiento público.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno hasta extremos desconocidos. Una frase sacada de contexto, una opinión impopular o una reflexión mal interpretada pueden desencadenar una avalancha de insultos, campañas de desprestigio o intentos de destrucción reputacional. Lo que antes podía ser una discrepancia normal entre ciudadanos se convierte ahora en un juicio público permanente. El resultado es que muchos han llegado a una conclusión pragmática: es más cómodo callar.
El problema es que una democracia no se deteriora únicamente cuando se prohíbe hablar. También se debilita cuando la gente deja de hacerlo por miedo a las consecuencias. La libertad de expresión no consiste solo en tener derecho a opinar; consiste también en sentirse razonablemente libre para ejercer ese derecho sin sufrir una penalización desproporcionada.
La presión no afecta únicamente a figuras públicas. Profesores, funcionarios, empresarios, periodistas, empleados de empresas privadas o simples ciudadanos son cada vez más conscientes de que determinadas opiniones pueden generar problemas que prefieren evitar. No porque sean ilegales, sino porque pueden resultar incómodas para determinados grupos o corrientes dominantes.
Esto produce un fenómeno especialmente peligroso: la falsa unanimidad. Cuando miles de personas optan por callarse, la sociedad empieza a creer que existe un consenso mucho mayor del que realmente hay. Las opiniones visibles parecen representar a la mayoría cuando, en ocasiones, solo representan a quienes no tienen miedo a expresarlas.
La historia demuestra que los avances sociales nunca nacieron de la unanimidad
La historia demuestra que los avances sociales nunca nacieron de la unanimidad. Surgieron precisamente de la discrepancia. Toda idea innovadora, toda reforma importante y toda crítica necesaria comenzó siendo una opinión minoritaria defendida por alguien dispuesto a asumir el coste de llevar la contraria.
Por eso resulta preocupante que discrepar se haya convertido para muchos en una actividad de riesgo. Una sociedad madura debería ser capaz de tolerar opiniones equivocadas, incómodas o incluso molestas sin responder automáticamente con la descalificación personal. Argumentar debería prevalecer sobre etiquetar. Rebatir debería ser más frecuente que cancelar. La democracia no necesita ciudadanos que piensen igual. Necesita ciudadanos capaces de convivir con quienes piensan diferente.
Cuando una persona deja de expresar sus ideas por prudencia, quizá no ocurra nada grave. Cuando lo hacen miles o millones, el debate público se empobrece. Las opiniones desaparecen de la esfera pública, los matices se evaporan y la conversación colectiva queda en manos de los más ruidosos, no necesariamente de los más razonables.
El verdadero termómetro de una sociedad libre no es cómo trata a quienes repiten las ideas dominantes. Es cómo trata a quienes se atreven a cuestionarlas. Y cuando demasiada gente prefiere guardar silencio, conviene preguntarse si el problema está en quienes callan o en el clima que les ha enseñado que hablar puede salir demasiado caro.
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