Xaime Calviño
LA PREGUNTA DEL DÍA
En Portada: Ourense, capital del pufo
MUJERES
Las fotografías, los escritos, los recuerdos, hoy están en la nube, esa nube protectora y dueña de nuestras vidas, de todo lo que somos y guardamos en ella. Antes estaban los álbumes, las notas en blocs, los documentos en carpetas, las agendas… Ahora todo está en el móvil o en la nube, que no se sabe dónde está, pero que por el nombre que se le da, debe de situarse en lugar lejano, inalcanzable, invisible, tal vez opaco, u oscuro, volátil y misterioso.
La nube guarda nuestras cosas, pero ¿quién guarda la nube? ¿Cómo es el guardián? ¿Cómo son los ojos que vigilan nuestras pertenencias más íntimas? Los libros se han hecho pequeños, su mundo cabe en una tableta, las películas que se compran las guardan las televisiones a las que hay que solicitar su visionado. ¿Qué queda ya? El papel. El papel de la burocracia. Lo demás está en el aire y nunca mejor dicho. Las casas son pequeñas y ya no se exhibe nada en ellas. Las figuritas y toda clase de decoración se empotran dentro de los armarios como si fueran pecados que hieren la vista.
Los libros se han hecho pequeños, su mundo cabe en una tableta, las películas que se compran las guardan las televisiones a las que hay que solicitar su visionado.
Todo es simple, liso… Los muebles son minimalistas, y sin embargo, los amigos y parientes siempre traen de sus viajes (vivimos a saltos en el mundo), regalos, cacharritos y cualquier cosa llamada “souvenir”, y lo hacen con la ilusión y el cariño más grande. Aunque ya en todos los países hay lo mismo, sin necesidad de ir a otro a sorprenderse. Pero, ¿en qué sitios ubicarlos? No hay tiempo de limpiarlos ni de recordar el momento de llegada.
Pero no hay que perder la esperanza. A pesar de la falta de espacio y tiempo (se vive a uña de caballo), siempre están esos pequeños placeres que no cuestan nada y que hacen reconciliarse con la vida. Ahí están, gratis, y sin ir a buscarlos: la risa de un bebé, el olor a tierra mojada, un pájaro aprendiendo a volar, departir con amigos, un sorbo de agua fresca, sentir la brisa, el cielo estampado por los árboles, pisar la arena, ver al sol bajar al mar, un abrazo de corazón a corazón… Todo gratuito y fácil. Simplemente se necesita ver, oír, sentir. Tal vez pararse un poquito nada más. Luego están los otros placeres que son asequibles y que también se agradecen: una cerveza fría en una terraza. Una sesión de cine, si fuera cine, una pequeña compra, un cercano viaje en coche, unos días en la playa, o el campo, un capricho… Y alguna imaginación.
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