La puerta del verano

EL ÁLAMO

Publicado: 11 jun 2026 - 02:10
Itxu Díaz
Itxu Díaz | La Región

Hace calor, como en la canción más cansina de Los Rodríguez, la calle es una pasarela de la Cibeles Fashion Week, y ya hay diez fiestas gastronómicas al día. Las puertas del verano están a punto de ceder a la presión de la masa enfervorizada, hambrienta de sol, playa, y chiringuito. Ahora tendrás bodas a diario, los amigos empezarán a quemar criollos en cualquier parrilla regada con vino barato, y todos los conductores estarán susceptibles, irritados, y con tendencia a tocarte el pito, que siempre pienso que si se apretaran con tanta precisión e intensidad el cerebro el tráfico de la ciudad sería mucho más fluido.

Y hablando de fluidos, ya se despachan cañas como si hubiera empezado el Mundial. Que están las terrazas de los bares repletas de historias por contar, no hay donde poner un huevo, ni mucho menos los dos, y las noches se nos vuelven ahora demasiado jóvenes. La alegría es imperativa, nadie quiere ya escuchar malditos dramas, y las parejas bailan sin tocar el suelo, como en aquella canción de Los Ronaldos, Sabor salado.

Es tiempo de amores y deseos, de las odiosas primeras borracheras de los estudiantes, y de tipos que corren sin camiseta por el centro de la ciudad, para recordarnos a todos que la dieta del apio y el jengibre les ha salido realmente rentable, si exceptuamos la depresión, las ganas de alistarse en el Estado Islámico, y que tienen la casa llena de gatos como una viuda loca.

Miramos de reojo al calendario, porque lo que deseamos de verdad es cerrar los ojos y encontrarnos en la primera o segunda semana de agosto

La agenda del día es un trámite para desembocar en el esparcimiento de los bares, botellines bebidos en la puerta, viendo pasar la calle, que es lo típicamente español. Miramos de reojo al calendario, porque lo que deseamos de verdad es cerrar los ojos y encontrarnos en la primera o segunda semana de agosto, y que, al llegar el domingo, vuelva a empezar. Si lo comparamos con los tiempos de lejanos antepasados, nuestro modo de vida no es muy sano, pero sin trabajar como perros de presa durante un montón de meses, la mayoría para pagar el atraco de Hacienda, no podríamos soñar con un agosto entre daiquiris, suecas en bikini, y playas azules como las de la primera niñez que yace, aún viva, en la memoria.

Junio es siempre una cuesta abajo. No hay manera de frenar y, en realidad, tampoco queremos, porque sabemos que al final de este largo tobogán hacia el verano nos espera el agua clara y fresca de la gran piscina del estío. Aunque algunas veces quisiéramos más instantes contemplativos, al verano solo es posible entrar derribando la puerta a patadas, después de haber maltratado el hígado hasta límites que inquietan a nuestro médico de cabecera en un sinfín de fiestas preparatorias, en una espiral que ya comenzó con las ferias primaverales y los primeros achuchones del termómetro.

Al otro lado de estas disquisiciones estivales, sigue el bochorno nacional de la política, pero si algo bueno tiene el verano al acercarse, es que derrite con sus vapores secos el hielo cansino de la panda de psicópatas que están al frente de la nación, y que hacen lo posible, no solo por perpetuarse en el poder, sino por estar más presentes en nuestras vidas de lo que desearíamos y, de nuevo, de lo que aconsejaría nuestro médico de cabecera.

También en esto hay un consuelo porque, al caer agosto, no falta nada ya, los del Consejo de Ministros se perderán nadando entre tiburones –no caerá esa breva-, en algún resort de lujo en el extranjero en donde deberían quedarse, o en cualquier otro lugar lejos del foco mediático, donde ya solo nos los traerán a la actualidad esas horribles fotografías de la prensa rosa, que nos cuentan que tal o cual ministro está disfrutando de sus vacaciones en no sé dónde “como uno más”; ocultando, por supuesto, que nunca un ministro será “uno más”, y menos, uno de los que ha convocado Sánchez para este interminable Mundial del dispendio y la mentira.

Se perderán los políticos entre aguas de cristal, se estarán quietos un rato –dejen descansar al BOE, por Dios- y será el mejor premio a nuestra entrega al trabajo duro de sol a sol durante once meses del año. Y en lo inmediato, aún sabremos abrazar felicidades, que podremos brindar, beber, besar, o reír, tal vez con las manos atadas a una cintura esbelta, o quizá agarrando del hombro al buen amigo, soñando con planes que quizá no podamos hacer este agosto, pero que nos mantienen vivos en estas noches tan tibias y españolas en que oteamos ya la temporada de vivir solo de cara al sol.

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