Chito Rivas
PINGAS DE ORBALLO
Recantos do silencio e da lembranza
En 1983, la película “Juegos de guerra” mostraba un ordenador de defensa que, tras simular miles de escenarios de guerra nuclear, llegaba solo a una conclusión: no había forma de ganar. Y se detenía. Cuarenta años después, investigadores del King’s College sometieron los modelos de IA más avanzados a simulaciones de crisis nucleares. En el 95% de los casos, alguno usó el arma. Ninguno eligió ceder. La máquina que aprendía a no jugar solo existió en el cine.
El 1 de marzo, el presidente de Estados Unidos firmó una orden ejecutiva para prohibir en las agencias federales el uso de Claude, el sistema desarrollado por Anthropic y competencia del famoso GPT. Sin embargo, el Mando Central estadounidense lo había utilizado horas antes para evaluar inteligencia y simular escenarios en Irán. La contradicción es llamativa, pero esconde algo más interesante: que incluso en el contexto más tenso, hubo actores que mantuvieron sus líneas rojas. Anthropic se negó a eliminar dos restricciones clave de su contrato con el Pentágono: no usar su tecnología para vigilancia masiva de ciudadanos ni para armas letales autónomas sin supervisión humana. Y aguantó la presión.
En Galicia se cultiva esa mirada larga, la del marinero que lee el horizonte antes de soltar las redes y sabe que la paciencia es una forma de inteligencia. Europa tiene aún esa oportunidad.
Eso nos dice algo fundamental sobre lo que está en juego: la dependencia tecnológica no avisa cuando llega, pero la conciencia sobre ella sí puede anticiparse. Se instala capa a capa, sistema a sistema, hasta convertirse en infraestructura. El propio decreto presidencial tuvo que conceder seis meses de transición, prueba de que integrar bien la tecnología crea vínculos sólidos, y que deshacer esos vínculos requiere tiempo y alternativas mejores.
Algo así ocurrió con el petróleo, los semiconductores o las redes de telecomunicaciones. La tecnología crítica no se vuelve estratégica el día de una crisis; lleva años convirtiéndose en esencial. En Galicia se cultiva esa mirada larga, la del marinero que lee el horizonte antes de soltar las redes y sabe que la paciencia es una forma de inteligencia. Europa tiene aún esa oportunidad.
El viejo continente cuenta con regulación, marcos legales robustos y una tradición de debate ético que el resto del mundo le reconoce. Lo que puede añadir ahora es infraestructura propia de inteligencia artificial integrada a nivel estratégico. Construir esa capacidad con valores propios, bajo jurisdicción propia, no es un sueño lejano: es exactamente la tarea que varios proyectos europeos están emprendiendo con creciente determinación.
La ventana para actuar sigue abierta. La dependencia crítica se construye capa a capa, pero la soberanía tecnológica también. Quien decide hoy invertir en capacidad propia, antes de que la urgencia lo imponga, no solo protege su autonomía: da forma al tipo de inteligencia artificial que existirá mañana. Esa es, quizás, la jugada más inteligente de todas. Y a diferencia de lo que ocurría en aquella película de 1983, esta vez la decisión no la toma una máquina: la tomamos nosotros.
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