Un reflejo de la sociedad

CAMPO DO DESAFÍO

Publicado: 26 sep 2026 - 03:10
Opinión en La Región
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Decía mi madre que convenía tener en casa un médico y un cura. Un doble sortilegio con que paliar los achaques físicos y, llegado el momento, ablandar la severidad de san Pedro. No le hicimos caso. En compensación, asumo con resignación las ya frecuentes visitas reparadoras del cuerpo y, en asuntos del alma, añado con gusto la ocasional compañía de algún sacerdote. En ocasión reciente, mi compañero me daba cuenta de las numerosas vocaciones religiosas que la inmigración hispanoamericana lleva a los seminarios y riega ya las parroquias. Mi amigo, satisfecho con esta realidad, le restaba a la vez importancia. “Somos un reflejo de la sociedad”, decía.

Este “reflejo” no ha dejado de reverberar en mi cabeza. Si la Iglesia es capaz de integrar la diversidad de orígenes que hoy observamos en las calles de nuestras ciudades y pueblos, cabría imaginar la misma predisposición en otros ámbitos de nuestra organización social. Y es cierto que el pequeño comercio, la hostelería, los servicios asistenciales y de compañía se ven nutridos casi ya de forma especializada y monopolística por los nuevos vecinos llegados de América. Una arribada que en Ourense ciudad alcanza ya el 20% de la población, récord de las capitales gallegas, o en Vigo el 16%. Cifras inimaginables hace unos pocos años y que están dando un vuelco a nuestra famélica demografía, a la monotonía de nuestras pálidas pieles y a cierta alegría que se desborda en ritmos y estéticas que sorprenden nuestro tradicional pudor.

La diversidad poblacional debe estar encontrando notables resistencias en otros ámbitos de la vida colectiva.

Sin embargo, la diversidad poblacional debe estar encontrando notables resistencias en otros ámbitos de la vida colectiva. Por ejemplo, en la política. Ahora que se acercan las elecciones, y las hay en toda la escala institucional, mucho me temo que las listas electorales sean reticentes a incluir en proporción equivalente esta espumeante presencia de colombianos y venezolanos, de argentinos o mexicanos de origen, hoy ya españoles de pleno derecho.

Cierto es que estamos lejos de que los aspirantes al seminario, o ellas al convento, se den codazos para ponerse en lugar principal de las menguadas filas de los catecúmenos, pero la política necesita con mayor urgencia, si cabe, de nuevos relatos y relatores. Pocas actividades precisan incorporar el renuevo de ese 20% de población. En primer lugar, porque representan una franja sustancial de ciudadanos, en su mayoría jóvenes, que conviene sumar a la participación y a la representación. Y, no menos importante, porque ayudarían a actualizar las agendas políticas, un tanto esclerotizadas en las ideologías de los partidos y, quizá también, en los sectores tradicionalmente más influyentes y protegidos.

Los partidos, y otras asociaciones, debieran compartir con la Iglesia –dos mil años la contemplan- este realista principio de supervivencia: ser un reflejo de la sociedad.

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