Los Rodríguez, una saga en la ebanistería ourensana

Publicado: 21 jul 2026 - 03:10
La Región

En el marco de la celebración de las Fiestas del Carmen, el pasado viernes Barra de Miño fue el escenario de la presentación de la publicación “Los Rodríguez, una saga en la ebanistería ourensana”, obra editada por la Diputación Provincial de Ourense y coordinada por la doctora en Historia del Arte Mercedes Gallego Esperanza. Bien es cierto que el libro en cuestión goza ya de cierta edad cronológica, en la medida en que salió de imprenta allá por el año 2022, pero nunca había sido honrado con el reconocimiento que se merece en la cuna familiar de los Rodríguez, Barra de Miño, para ser más exactos, Miego de Vila, en la parroquia de San Miguel de Melias. Por ello, a escasos 200 metros del taller matriz de la que podríamos tildar como una de las iniciativas empresariales más sorprendentes del devenir económico de nuestra provincia, nos congregamos un nutrido número de familiares, amigos y allegados de Arturo Rodríguez-Vispo para atender a su llamada y oficiar según la ocasión merecía.

Tengo que confesar que la publicación coordinada por Mercedes, a la cual contribuyeron el propio Arturo y Ana María Malingre, amén de otras colaboraciones gráficas como la del conocido fotógrafo Alberte Paz, me cautivó desde el preciso instante en que aborde su primera lectura, hace algo más de dos años. Reconozco ser un enamorado de la historia, en particular de aquellos episodios que, de alguna forma, contribuyeron al progreso de la sociedad y acostumbran a tener lugar en escenarios inesperados de la mano de personajes inicialmente no reseñados como actores principales en el reparto de las representaciones colectivas. Por eso me fascinan los pormenores de la inquietud que en su día llevó a la familia Peinador a convertir Mondariz-Balneario en un referente internacional del termalismo y del turismo de salud, y por ello rindo homenaje a los antepasados del entrañable Arturo, cuya iniciativa familiar cambió de forma singular la vida de una pequeña comunidad rural de la Galicia interior.

No sería casualidad, por tanto, que en las postrimerías del siglo XIX y primeros años de la siguiente centuria proliferasen los pedidos al taller de los Rodríguez en San Miguel de Melias

La historia que nos ocupa empezó en 1860 cuando el joven Antonio Rodríguez Valente, ebanista de profesión emparentado con los ancestros del que sería insigne poeta ourensano, José Ángel Valente, decide instalar un pequeño taller de muebles en su Miego de Vila natal. Una actividad básicamente artesanal que por aquel entonces gozaría de cierto dinamismo, gracias a las importantes transformaciones urbanas del momento, a la abundancia de materia prima y de recursos hidráulicos, y al desarrollo de las comunicaciones viarias, en especial de los ejes ferroviarios Monforte-Ourense-Vigo y Santiago-Pontevedra. En el caso de Antonio, su buen hacer empresarial le permitiría convertir el modesto negocio familiar, al que se sumarían con el tiempo cuatro de sus hijos varones, en una prospera iniciativa mercantil que expandiría su actividad a mercados tan distantes para la época como Madrid, Barcelona y Zaragoza, e incluso puntualmente a destinos ubicados en el extranjero.

No sería casualidad, por tanto, que en las postrimerías del siglo XIX y primeros años de la siguiente centuria proliferasen los pedidos al taller de los Rodríguez en San Miguel de Melias y la firma recibiese sustanciosos encargos, como dotar de mobiliario el Salón de Plenos y diferentes despachos del Concello de Ourense, o acondicionar habitaciones y dependencias varias en el rehabilitado Hotel Roma, de la mano de Daniel Vázquez Gulías. Una impronta que se dejaría sentir, con el paso del tiempo, en la generalidad de los hogares de la ciudad de As Burgas, de tal suerte que, como escribiría con posterioridad Maribel Outeiriño en el diario La Región, “rara era la familia media ourensana que entre 1915 y 1967 no durmiese en una cama de los Rodríguez”. Pero las importantes transformaciones acontecidas en la sociedad española durante la segunda mitad del siglo XX vinieron acompañadas de vientos de cambio en la generalidad de actividades productivas de nuestra economía, y el sector del mueble no sería una excepción. Barra de Miño, como tantos otros lugares por aquel entonces, fue testigo de los rigores del momento y del epílogo de un mundo que ya no volvería.

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