Fernando Jáuregui
¿Sánchez acorralado? Ya quisieran, ya
Pensar que una declaración, por muy comprometida que fuese, de alguien ya tan desprestigiado como José Luis Ábalos, podría precipitar una caída de Pedro Sánchez era, es, lo que los americanos llaman un “wishful thinking”, o sea, un pensamiento ilusorio. Como creer que Trump acabará siendo, loco o no, inhabilitado, vamos. Las dos Españas encuentran un nuevo motivo de división: los que piensan que esto de Sánchez acabará mal y antes de lo que se piensa, y los que, optimistas o desesperados, creen que el presidente y candidato a presidente es capaz de quedarse en el colchón de La Moncloa hasta 2035, cuando aún será relativamente joven para un cargo semejante.
He pronosticado varias veces el fin de la “era Sánchez”, equivocándome, y no he sido el único en hacerlo. Quizá porque hay muy poca gente capaz de imaginar la capacidad de resiliencia, entre otras cosas -mantenerse en el poder exige muchas cualidades, buenas y, claro, malas-, que muestra el hombre que hoy mayor poder político tiene en España. Y vaya si lo ejerce: que se lo digan a la pléyade de asesores monclovitas.
Otra cosa es la calificación moral que todo esto merezca: que la estabilidad del Gobierno de la cuarta potencia de la UE dependa de lo que diga un golfo -o dos- y de un golpista fugado, qué quiere que le diga: es triste. Lo que ocurre es que, además, es falso: Sánchez no depende ya de la mejor o peor voluntad de Ábalos a la hora de narrar a los jueces sus trapisondas (las de Ábalos, digo). Ni de la obviamente mala intención de Aldama. Ni de la inanidad intelectual de Koldo, ni de lo que se pueda contener en el teléfono de Leire Díez, “la fontanera” enredadora. Ni de lo que vaya a decir, o no, la UCO.
He pronosticado varias veces el fin de la “era Sánchez”, equivocándome, y no he sido el único en hacerlo
Tampoco depende ya de Puigdemont: su “brazo derecho” en el Congreso, Miriam Nogueras, ya ha dicho por activa y por pasiva que Junts no le va a dar ni un voto más a cualquier proyecto legal que llegue del PSOE, de manera que de los Presupuestos ya ni hablamos. Así que Sánchez cuenta con seguir su tortuoso camino con los restos de Sumar, con el PNV, por muy cabreado que este partido se muestre en ocasiones; con Bildu, valor seguro y polémico y con los votos ocasionales salidos del Grupo Mixto. No es bastante, pero podría llegar a ser suficiente, en función de cómo marche la extraña alianza entre el PP y Vox, que hoy por hoy no parece excesivamente sólida.
Considerar “acorralado” a Sánchez es un error del que habríamos de ir aprendiendo. Que no es que yo crea que puede perpetuarse en el poder tanto como Orban, o, ya puestos, como Lukashenko; pero hoy, habiendo visto todas las cosas increíbles que he visto en los últimos meses/años, me inclino a pensar que hay partido. Sánchez es un fuera de serie, lo cual puede afirmarse en plan positivo o negativo, pero es, en todo caso, un maestro de la supervivencia, independientemente de que eso sea o no lo que conviene a los españoles.
Y una última consideración: puede que la supervivencia de Sánchez y de todo nuestro entramado político, tan necesitado de una regeneración, se base en que, con los dos juicios en paralelo que hemos vivido en las últimas semanas, aquí a nadie se le haya caído aún la cara de vergüenza.
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