Francisco Lorenzo Amil
TRIBUNA
El servicio de incendios... entre llamas
TRIBUNA
Fue un verano infausto. Este año fue el agua; hace un siglo…, el fuego. El poder destructor de las llamas que se adueñaban de los edificios en Puente Mayor, la Plaza del Corregidor o Progreso, en época canicular, causó pavor. No daba tregua. Acaecía un siniestro tras otro. No obstante, el incendio que se propagó por el inmueble número 109 de Progreso, cuando parecía expandirse por las demás construcciones de la calle, hizo saltar todas las alarmas. Puso de tal manera las almas en vilo que, desde ese mismo instante, los valedores de la capital, priorizaron crear, cuanto antes, un servicio defensivo contra el fuego.
Existían bomberos, sí; pero no existía Cuerpo de Bomberos. Tanto la instrucción como los utensilios estaban anticuados. No respondían a las necesidades de una ciudad que, a medida que crecía, construía edificios más altos. Bastaba un cortocircuito, la llama de una vela, o una imprudencia involuntaria para que la tragedia hiciese acto de presencia.
Lo sucedido sobre las dos de la tarde, frente a la Alameda del Crucero, en la propiedad del maestro de obras, José Pintos, dejaba, a las claras, que la labor de los servicios de extinción era ineficaz. Al poco rato de iniciarse el fuego en la buhardilla del bloque de viviendas de nueva construcción -de tres plantas y bajo (ultramarinos)-, las llamas favorecidas por el viento no solo lo reducían todo a un esqueleto de cuatro paredes, sino que amenazaban con hacer lo mismo con las casas vecinas. De repente, un empleado de ferrocarril, el capitán de la guardia civil, el director de la capilla evangelista, el comandante de infantería y un teniente, entre otros, se quedaban sin hogar.
La desorganización había sido la nota dominante. Entre llamas, las órdenes y contraórdenes se sucedían. Se había echado en falta la presencia de técnicos que asumiesen tanto la dirección de los trabajos de extinción como de salvamento. A lo que había que añadirle, por supuesto, la precariedad de los recursos. Ni las mangueras eran adecuadas; ni había acceso a puntos de agua. El propio alcalde había tenido que dar orden inmediata para que se cortase el agua en la ciudad con objeto de que la presión aumentase en el punto de interconexión de la red pública cercana a la casa siniestrada. E incluso, los miembros del batallón de Cazadores se veían obligados a aprovechar una de las bombas, cedida por la Estación de Ferrocarril, para mantenerla desde el río Barbaña.
El vecindario se afanó en combatir el fuego, con la ayuda del regimiento Mérida, para que no afectase a los demás inmuebles. Pero, visto el escenario existente, cuatro horas más tarde de iniciarse el siniestro, el gobernador, Muñoz Delgado, pensando que aún podía alcanzar unas proporciones más aterradoras, solicitó el auxilio de los bomberos de Vigo. Cuando, sobre las diez de la noche, llegaba una avanzadilla de los bomberos vigueses, el fuego ya estaba controlado. La desgracia, como sucede a menudo, al menos, fue un acicate para garantizar una dotación en condiciones. Sin demora, al día siguiente del siniestro, una comisión compuesta por políticos, y por el ingeniero de Obras Públicas, salían para Vigo, con el fin de comprar material moderno para el servicio de incendios. Casi un año más tarde de aquella tragedia, antes de que los reyes de España visitasen la ciudad, el ayuntamiento había invertido una respetable suma de dinero en adquirir medios de extinción y salvamento. Fue, aprovechando el Corpus, cuando los valedores locales -Ginzo Soto y Añel- fijaron un día, en el programa de las fiestas, para escenificar de manera oficial la inauguración del nuevo servicio de incendios. El día 15 de junio de 1927, a las siete de la tarde en la explanada de la Plaza de las Mercedes quedaba oficialmente estrenado el cuartelillo de Bomberos. Luego, en apenas hora y media después, el flamante Cuerpo, ejecutaba un simulacro en la Plaza de la Constitución.
Ante una gran multitud de ourensanos, hacía su aparición el autocamión Renault, ocupado por ocho números y el jefe de Bomberos, Gobart. A continuación, le seguía el carro de la escalera móvil de 25 metros de altura, tirada por caballos. Allí hicieron una demostración de la nueva motobomba. Ejercía presión sobre tres mangas que hacían que el agua alcanzase una gran altura. Al tiempo se desplegaba la escalera movible hasta la parte superior de la Casa Consistorial. Por ella trepaba el cabo Manuel Arcas para demostrar que era capaz de recoger una manga y, desde arriba, realizar un ejercicio de extinción. También hicieron prácticas con la lona de salvamento, arrojándose por ella varios bomberos, que llegaban a tierra con toda facilidad.
El público había quedado cautivado con aquel espectáculo. Había medios. Pero lo cierto era que el Cuerpo de Bomberos estaba formado por tipógrafos, encuadernadores, operarios de orfebrería, y por algún carpintero o albañil. Cumplían…, tenían un arrojo admirable; más aún cuando, su labor era gratuita. Tenían buena voluntad, pero no bastaba. Era necesario, reorganizar el servicio. En efecto, la Biblioteca provincial que, unos meses más tarde, era pasto de las llamas, ponía sobre la mesa, una cuestión palpitante. Se requería, con urgencia, una transformación del Cuerpo de bomberos en donde primase la instrucción, el ordenamiento y la dirección.
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