¿Y si tocamos?

UN CAFÉ SOLO

Sonia Torres
Sonia Torres | La Región

En una de esas noches en las que, a pesar de haber jurado no mirar el móvil, una acaba enredada en absurdas historias que discurren a gran velocidad en la pantalla, encontré un reto interesante. Un joven, con los ojos vendados, tocaba las manos de un grupo de gente asegurando que era capaz de saber cuáles eran las de su esposa. Ante la incredulidad manifestada por todos, y tras ir palpando una tras otra, no falló. Supo solo por el tacto qué manos buscaba. Eso me llevó a una pregunta reciente de mi hermana: “¿Tú tocas mucho? Me refiero a tocar las cosas de verdad, no a sujetarlas”. Pensé y la respuesta fue negativa.

Dice la ciencia que el tacto es el primer sentido que experimentamos y que es vital para nuestro desarrollo. Por eso los niños se lanzan a coger entre sus manos todo lo que encuentran, es su primer contacto con la realidad del mundo que los rodea y ayudan al cerebro a crear las primeras imágenes. Pero ahora apenas tocamos nada. No solo nos abrazamos menos y somos más tacaños con las caricias, a pesar de los enormes beneficios emocionales que eso conlleva, sino que también descuidamos el hábito de manosear aquello que forma parte de nuestro universo.

Nos movemos tan rápido que optamos por correr con la mirada puesta en un moderno reloj que nos señala los kilómetros avanzados, el tiempo transcurrido e incluso las calorías quemadas.

Las prisas hacen que cada vez compremos más comidas procesadas o a domicilio. Ganamos tiempo a cambio de dejar de sentir con las manos la textura de los alimentos, distinguir su frescura o percibir su grado de maduración.

Adquirimos cada vez más prendas de vestir a través de internet, fijándonos en su color o en su diseño, pero no podemos rozar los tejidos. No sabemos si nos resultarán ásperos, confortables, si nos rascarán la piel o la abrazarán amorosamente o incluso, si nos podrá producir alguna alergia.

Podemos leer todo a través de la pantalla que castiga la vista, pero perdemos el placer de tocar cuidadosamente el papel que recoge las historias que nos conmueven, de pasar con el dedo cada página y de acariciar la portada una vez hemos terminado. Nos movemos tan rápido que optamos por correr con la mirada puesta en un moderno reloj que nos señala los kilómetros avanzados, el tiempo transcurrido e incluso las calorías quemadas. Pero en la carrera desechamos la idea de palpar el árbol del camino o descalzarnos unos instantes para sentir la hierba. Ofrecemos pantallas con entretenimiento a los más pequeños para que estén tranquilos, negándoles la posibilidad de descubrir tocando lo que ven y ayudarles a distinguir entre peligros y seguridades.

Abandonamos cada vez más el sentido del tacto sin favorecer ningún otro, olvidando que tocar es supervivencia. ¿Cómo si no vamos a entender el riesgo que encierra la espina de una flor? ¿Cómo salvarnos del abismo sin manos que acaricien?

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