Jacinto Seara
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Me gustaría no dar por supuesto un futuro acuerdo de gobierno entre PP y Vox. No porque no crea que la victoria de las derechas, en unas elecciones que se celebraran el próximo domingo, sería un hecho cantado, sino porque en política no conviene cerrarse puertas. Feijóo ha hablado estos días de un hipotético futuro gobierno entre ambas fuerzas de la derecha. Los acuerdos que se van alcanzando en distintas autonomías no hacen sino empedrar un camino que, a fuerza de atraer votos, se da ya como natural. Imagino que en el ánimo de Feijóo late el interesado deseo de recuperar algunos cientos de miles de votantes que emigraron del PP a Vox, aunque bien pudiera ocurrir exactamente lo contrario, es decir, que una vez abiertas las compuertas de la normalización plena de Vox, la agitación adquiera categoría de estampida.
Los casos de Francia y Alemania, sin rebuscar en otros de menor cuantía, son todavía ejemplos de resistencia de la derecha a pactar con los ultras
Decía que no me gusta dar por supuesto esto que ahora el mismo Feijóo adopta como un escenario probable, deseable incluso. Los casos de Francia y Alemania, sin rebuscar en otros de menor cuantía, son todavía ejemplos de resistencia de la derecha a pactar con los ultras y a buscar soluciones con las fuerzas de centro y la socialdemocracia. Claro está que, para que un matrimonio o una pareja funcione como tal, se requiere de la voluntad de ambas partes. En España, el PSOE, a falta de un Ciudadanos que muchos desearíamos en el centro, ejerciendo de amortiguador de tentaciones de deriva hacia los polos, parece igualmente cómodo en fomentar el “bloquismo”, en este caso de la izquierda y el nacionalismo, el viejo frentepopulismo. La polarización en la que hemos devenido se lleva bien con estos esencialismos.
En algunas autonomías y con la boca pequeña, voces socialistas han invocado algún tipo de solución colaborativa con el PP para evitar el papel indispensable de Vox. Las dinámicas, tanto en el PSOE como en el PP, de no hacer prisioneros, han abortado cualquier experimento en este sentido. Una limitación que se autoimponen los dos grandes partidos del sistema mientras continúan arrojándose a la cabeza los mutuos acuerdos con sus extremos respectivos.
Más allá del afán de que el sumatorio de votos de la familia nuclear y la extendida pese más que el del clan rival, no alcanzo a ver alguna ventaja cualitativa y colectiva en todo esto. Si el candidato Feijóo me resulta plano por cohibido y timorato, no me parece más atractivo el Pedro Sánchez en su empeñoso afán de extender la agenda ideológica propia en cualquier tema y en toda circunstancia. Los paladines a derecha e izquierda -“una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, lloró Machado- afilan sus estrategias sin que los tibios, los desapasionados y los escépticos encontremos sosiego.
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