Chito Rivas
RECUNCHO HEBDOMADARIO
6 de xullo: dúas feridas abertas en Arxentina
TRIBUNA
A algunos lectores les sonarán estos apellidos, pero a la enorme mayoría no. No son una pareja tenística de dobles ni un tándem de goleadores de un equipo francés. Léo Testut (1849-1925) y André Latarjet (1887-1945) fueron dos eminentes anatomistas cuyo Tratado de Anatomía, valga la redundancia, era como la Biblia para los estudiantes de Medicina de mi generación en Santiago. Todavía conservo esos 4 tomos, adquiridos en la fantástica y ya desaparecida Librería González, abierta en la compostelana Rúa do Vilar entre 1929 y 2007.
Durante décadas aquellos libros fueron considerados la referencia indiscutible para el estudio del cuerpo humano. Sus magníficas ilustraciones y la minuciosidad de sus descripciones los convirtieron en auténticos objetos de culto para varias generaciones de médicos. Sin embargo, entre sus páginas también se escondía una lección que hoy resulta difícil de imaginar.
En las primeras ediciones del Traité d’Anatomie Humaine, publicado a finales del siglo XIX, aparecían capítulos dedicados a las razas humanas. En ellos se describían diferencias en la forma del cráneo, la pelvis, la nariz, el cabello o el llamado índice cefálico. Hasta aquí podría parecer una simple descripción anatómica. El problema comenzaba cuando aquellas diferencias se interpretaban como indicadores de una supuesta superioridad o inferioridad biológica.
Pero aquellas ideas no nacieron con Testut. Eran el reflejo de un paradigma científico ampliamente aceptado en la Europa de su tiempo. La antropología física del siglo XIX buscaba clasificar a la humanidad del mismo modo que los naturalistas clasificaban plantas y animales. El error consistió en convertir esas clasificaciones en jerarquías.
Hoy sabemos que la forma del cráneo no determina la inteligencia, ni el prognatismo facial acerca a una población a los primates, ni el color de la piel establece diferencias intelectuales o morales. Sin embargo, durante buena parte del siglo XIX, esas afirmaciones gozaron de un enorme prestigio académico.
También se equivocaba Cesare Lombroso, padre de la antropología criminal, cuando postulaba que los delincuentes natos presentaban anomalías craneales y faciales significativas de un retroceso evolutivo o atavismo que fatalmente los predisponía para el mal. Con el paso del tiempo, las sucesivas revisiones del tratado realizadas por André Latarjet fueron eliminando muchas de aquellas interpretaciones antropológicas. La Anatomía dejó de clasificar personas para centrarse en comprender órganos y funciones. Mientras tanto, la genética demostraba que las diferencias entre individuos de una misma población son, con frecuencia, mayores que las existentes entre poblaciones diferentes. Y así, el concepto biológico de raza humana comenzó a desmoronarse.
Por tanto, no conviene juzgar al profesor Testut con los ojos del siglo XXI. Sería injusto y, además, poco práctico. Mucho más interesante es preguntarnos qué enseñará dentro de cien años la historia de la medicina sobre nuestras propias certezas actuales.
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