Iván González Decabo
DIARIO LEGAL
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TRIBUNA
Esta innovadora moda de identificarse espiritualmente con un animal me trae a la memoria la reprimenda que el abuelo de un amigo nos echó por regresar a casa a altas horas de la madrugada tras una larga noche de verbena veraniega, por aquello de andar toda la noche de cadelos. El fenómeno therian circula por las redes sociales convertido en rabiosa tendencia viral, especialmente entre los adolescentes. Antes de nada, una precisión muy importante: no estamos ante una categoría clínica ni un trastorno psiquiátrico reconocido. No figura en los manuales diagnósticos internacionales ni existe evidencia científica que lo relacione con un trastorno de la personalidad. Más bien se trata de un fenómeno social típico de una subcultura identitaria digital, amplificada por el eco inmenso de plataformas y redes sociales, donde priman la estética y la expresión de la propia personalidad. Etimológicamente me imagino que este término procede del griego therion, que sirve para designar el clado de mamíferos Theria, que comprende a todos aquellos que paren a sus crías vivas después de haberlas gestado en el útero materno.
Los marsupiales, como los canguros y los koalas, por ejemplo, y los mamíferos placentarios, como los humanos, perros, gatos y ballenas, pertenecemos a este grupo
Los marsupiales, como los canguros y los koalas, por ejemplo, y los mamíferos placentarios, como los humanos, perros, gatos y ballenas, pertenecemos a este grupo. Los therian suelen ser jóvenes que apasionadamente se identifican con animales concretos como gatos, perros, zorros, lobos, caballos, y que para ello además portan accesorios como máscaras, colas, maquillajes y otros signos de representación, dentro de un marco lúdico, recreativo o espiritual. En la práctica, la mayoría participa de manera grupal en este tipo de tendencia, aunque también pueden hacerlo por moda o como exploración identitaria. Desde el punto de vista psicológico y sociológico, estas prácticas encajan en dinámicas propias de la adolescencia, como la búsqueda de la propia identidad, la necesidad de diferenciación, la construcción grupal y comunitaria e incluso la experimentación simbólica.
En tiempos pasados existieron las denominadas tribus urbanas, pero ahora, en tiempos de los algoritmos, cualquier fenómeno estético se convierte en global en apenas unos días, quizás horas. Etiquetar a estos prójimos como enfermos o desviados es un inaceptable planteamiento reduccionista. El problema, como siempre, puede surgir en las situaciones extremas, como cuando una persona decide vivir como un animal en sentido literal, incluyendo su alimentación como perro o gato, llegado el caso, si bien no existe evidencia generalizada de este tipo de comportamientos, más allá de la mera anécdota puntual para llamar la atención en alguna plataforma social. Y ahora va Aloysius y me recuerda aquella escena de “Pink Flamingos” (John Waters, 1972), comedia negra underground donde Divine (Harris Glenn Milstead) se comía literalmente una caca de perro.
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