Fernando Ramos
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RECORTES
El gabinete de orientación política de presidencia del Gobierno se ha puesto a trabajar a destajo para tratar de sugerir una explicación coherente al cataclismo de las territoriales cuyos primeros asaltos se han disputado en Extremadura y en Aragón y que le han costado al PSOE un moratón en cada ojo. Los fontaneros han improvisado sobre la marcha una teoría que pretende culpar de la tragedia a Alberto Núñez Feijoo, al que se responsabiliza, merced a una complejísima trama de argumentos superpuesto, de ser el catalizador del avance incontenible y alarmante de la ultraderecha. El cataclismo se explica desde Moncloa acusando a los populares de haber radicalizado sus posturas para mimetizarse con Vox lo que, según esta teoría, ha convencido a ambos electorados de votar al partido más a la derecha teniendo en cuenta que ambos son lo mismo.
La hipótesis no tiene una gran enjundia desde el punto de vista sociológico, pero le vale a ese PSOE tejido en torno a la figura de Sánchez para confortarse a sí mismo. La misma razón podría naturalmente aplicarse al PSOE, quien no ha dudado en escorarse hacia la izquierda de la izquierda para mantener la mayoría de gobierno. Ahí está el sanchismo pendiente de atender los deseos de los partidos radicales que lo respaldan y contribuyen a mantenerlo con la ayuda del nacionalismo que, salvo en el caso gallego, se mueve en los terrenos de la derecha más montuna especialmente en el caso de los que representan a Cataluña.
Pero con independencia de reflexiones, especulaciones y futurología, lo que debería hacer reflexionar a la izquierda es la posibilidad de que una cada vez más abundante masa de votantes ha cambiado de rumbo y les ha negado en voto. Quizá deberían plantearse los talleres de elaboración de argumentos que la sociedad española prefiere ahora abrazar los presupuestos conservadores lo cual es absolutamente legítimo siempre que esos planteamientos respeten el principio constitucional. La amenaza de Sánchez y los suyos de que o se le vota a él o llegará la caverna ya no tiene efecto. La izquierda que recurre a los muertos para explicar un fracaso y apuesta por degollar a los heterodoxos es una izquierda que no inspira confianza alguna salvo para el CIS.
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