Isaac Pedrouzo
¡ES UN ANUNCIO!
Treinta años después
¡ES UN ANUNCIO!
Nunca supe su verdadero nombre. O sí lo supe y no lo quise retener.
A ciertas edades uno ha de vivir de manera descontrolada y con un desorden despreocupado. Entre los 16 y los 20 es casi obligación adherirse a la faceta frenética de la existencia.
Nos conocimos detrás de la pantalla.
Ella desde la del ordenador de su casa de Ribeira. Yo desde un ordenador cualquiera en el Virtual Ciber. Lugar que habité como un refugio durante algunos años en que asistir a las clases nocturnas del instituto era una pesadez.
Al cabo de varias semanas decidimos encontrarnos. Lo impersonal le ganó el duelo a la facilidad que supone comunicarse a través de un chat donde puedes ser quien quieras ser. Decir te quiero sin miedo al silencio. Puedes desaparecer sin dejar ningún rastro. Cambiar de identidad.
Es imposible no sentirse atraído de alguna manera por alguien con quien has hablado un número insultante de horas. Paseamos, nos reímos. Ella me cogió de la mano, pero, aquella cobardía de mi amor por ella manejó las acciones y el encuentro terminó justo por donde había que empezar: en el principio.
No en nuestro caso. Cualquier persona que me conozca es conocedora de mi torpeza en la disciplina del mentir.
Era verdad cuando te dije que te quería.
El autobús tardó casi tres horas en llegar. Algunas distancias no se miden en kilómetros sino en el número de pueblos recónditos en que siempre hay una persona esperando para subir.
Nos gustamos al vernos. Claro. Es imposible no sentirse atraído de alguna manera por alguien con quien has hablado un número insultante de horas. Paseamos, nos reímos. Ella me cogió de la mano, pero, aquella cobardía de mi amor por ella manejó las acciones y el encuentro terminó justo por donde había que empezar: en el principio.
Dejé de conectarme al IRC durante un tiempo. O lo hacía con otro nombre para no pasar el mal trago de encontrármela allí. Acto tradicional de los hombres asustados por la realidad de lo que sucede entre las costillas y el esternón.
Y _Katja_, que así se hacía llamar, desapareció de mi vida en silencio y sin historia.
El verano pasado, 30 años después, pasé unos días en Ribeira con mi mejor amiga y mi mujer. Nos sentamos en un banco a mirar como un pescador atracaba un barco pequeño, azul y rojo. Algunos niños correteaban a nuestro alrededor entre la luz naranja del paseo de la playa.
Y entonces la vi. Con el pelo más corto. Más alta incluso. Juraría que con el mismo color de uñas y un niño que con la mano izquierda cogía la suya y con la derecha un bocadillo de salchichón. No reparó en mí. ¿Tanto habré cambiado para que no me reconozca? Pensé sin darme cuenta de que, quizás, solamente no quiso reconocerme, a propósito, de manera lícita.
Me apresuré a contárselo a Paula y a Alba mientras ella estaba a apenas 3 o 4 metros del banco desde el que mirábamos. Acércate, háblale. Será tu último acto de amor. Me dijeron. Permanecí sentado. Observando. Esperando. No sé lo que.
_Katja_ se fue caminando con su hijo de la mano y desapareció de nuevo de mi vida, en silencio y sin historia.
Nunca supe su verdadero nombre.
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