Daniel Montero
SUEÑOS DE OLIMPIA
1937: Calvet, el Bernabéu del FC Barcelona
TRIBUNA
Recuerdan aquel famoso eslogan de los años 80, la arruga es bella? Una intuitiva referencia a la belleza y rugosidad de las prendas de lino diseñadas por el ourensano internacional Adolfo Domínguez. Pues bien, a veces leemos noticias que parecen fruto de la imaginación de un escritor demasiado ocioso. Nos cuesta distinguir si nos encontramos en la sección de ciencia o ante un relato del mismísimo Julio Cortázar, el gran soñador.
Sostiene Aloysius un relato que podría formar parte de ellas, la posibilidad de emplear tejido adiposo procedente de donantes fallecidos, es decir, grasa de cadáveres, para devolver el volumen corporal a personas que han adelgazado de manera drástica y de paso han perdido ciertas curvas que formaron parte de sus cuerpos. Pongamos como ejemplo a los que utilizan algunos tratamientos para perder peso, como la famosa semaglutida, más popularmente conocida por sus marcas Ozempic® y Wegovy®.
Morbo aparte, la medicina lleva décadas utilizando tejidos obtenidos a partir de difuntos
Morbo aparte, la medicina lleva décadas utilizando tejidos obtenidos a partir de difuntos. Ya nadie se escandaliza ante un trasplante de córnea, que devuelve la visión a un prójimo, o un tendón que permite volver a caminar a quien cojea, o una válvula que prolonga la vida de un paciente cardíaco.
Donar tejidos, sangre, médula ósea e incluso órganos completos como el corazón, los pulmones o los riñones representa uno de los gestos más nobles, especialmente cuando la decisión tomada transciende la muerte.
En este caso no estamos ante lo innovador del componente corporal, sino de su destino. La ciencia dedica muchos recursos al descubrimiento de medicamentos capaces de fulminar kilos de gorduras humanas. En el caso concreto de la semaglutida y similares, para algunos usuarios el coste es soportar rostros más hundidos y glúteos más planos, características contradictorias con los cánones de belleza imperantes.
Entonces, mientras adelgazamos por un lado, los avances médicos nos permiten restaurar nuestro contorno corporal mediante soprencentes procedimientos. Y como los espejos resultan difíciles de satisfacer, algunos investigadores han recurrido a los implantes de grasa de cadáveres para que disimulen el precio de parecer más sanos. Resulta fenomenal perder peso, pero no a costa de borrar pómulos, senos o caderas.
Tal vez, dentro de algún tiempo, este tipo de implantes sean tan habituales como los actuales. Y así dejaremos de hablar de la grasa de los muertos, porque las palabras incluso envejecen y aprenden a disimular. Y entonces quizás el verdadero trasplante que necesitemos no sea de adipocitos, sino de nuestro criterio.
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