Antonio Nespereira
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HISTORIAS INCREÍBLES
Muy pronto va a visitar nuestro país el papa León. Imagino que no es fácil preparar una visita apostólica. Implica una elaboración rigurosa y pormenorizada. Es preciso responder a esta humanidad que vive con desosiego el devenir de los días, y constantemente hace preguntas como un niño de pocos años.
Leerá con atención las hojas de su portafolios, todas las preguntas. Entornará los ojos y reflexionará sobre ellas. Algunas, desnudas, dramáticas, afectan directamente a su querida Iglesia:
La Iglesia se acompleja y renuncia, con frecuencia, a indicar el camino. Desde siempre se ha preguntado dónde ha de estar. El pontífice ha de ir delante enseñando el camino a la desconcertada humanidad… ¿O ha de caminar detrás del rebaño? Parece, muchas veces, que el esfuerzo eclesial es contradictorio y pretende “adaptarse al mundo moderno”. Lo que se dice, produce, en ocasiones, la sensación de que lo importante es no desentonar del ritmo que impone la sociedad.
Se está produciendo, a nuestro parecer, una benévola contemplación del sincretismo religioso. La Verdad no parece estar aquí ni allí. Todas las posturas, todas las “verdades” lo son, pese a que eso es metafísicamente imposible. Se viene aceptando, incluso por algunos eclesiásticos, que Cristo es una verdad, pero que también hay otras.
El relativismo doctrinal (nada es verdad ni mentira) se impone, aunque contraviene, supongo, a la verdad revelada. La fe y la tradición poseen calidades de inmutabilidad y conservación. No envejecen con el paso del tiempo.
El papa Francisco en su discurso oficial ante la Asamblea General de las Naciones Unidas no mencionó explícitamente el nombre de Jesucristo
Se ensayan teologías de la Eucaristía que la reducen a un reparto amigable del pan. Y a la Madre se la pretende abajar a una buena señora de su pueblo.
Aunque dentro del mundo cristiano no todos se consideran papistas, en el sentido estricto de reconocerle como el sucesor de Pedro, puede significar la unánime constatación de que el Señor nos ha visitado en nuestra casa, esta hermosa mansión que es el mundo, éste en el que se nos hace presente cada mañana como la luz que reverbera en nuestra ventana, que puebla los mares de peces y los cielos de pájaros listísimos y de nubes blancas.
También los no creyentes van a mirarlo, al menos como un referente, como un hombre que vestido de blanco habrá de pronunciar la verdad, como una oferta de paz, como una sonrisa de solidaridad, como un proyecto de vida para la humanidad. No es un viaje de placer, no es y creo que no debe ser una romería. Una multitud de banderas o de pegatinas, de canciones etnocéntricas, de palabras huecas y de halagos, adulaciones y cortesías empalagosas.
El papa Francisco en su discurso oficial ante la Asamblea General de las Naciones Unidas no mencionó explícitamente el nombre de Jesucristo. Estaría bien que, si se dirige a nuestros políticos de diverso signo, deje constancia de que este viaje lo hace en su nombre. Entonces tendría sentido.
Buen viaje Santidad. Sea usted bienvenido. Reciba un fuerte abrazo de este pueblo que le espera y que le dirá al despedirlo: ¡Qué bien que viniste! Habrás seguido las huellas de Aquél que ya vino y volverá otro día… porque no hay otro camino.
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