Jaime Noguerol
EL ÁNGULO INVERSO
El verano más hermoso
CAMPO DO DESAFÍO
Ala espera de los incendios en Galicia, que llegarán, oímos ya la acostumbrada ristra de argumentos, diagnósticos, explicaciones y desgracias que acompañan a los siniestros que asolan media España. Nada nuevo bajo el fuego que, puntual, calcina inmisericorde miles de hectáreas ante la impotencia, la desesperación y el agotamiento generales. En la práctica totalidad de los incendios, los forenses señalan la causa humana: sea la chispa de una desbrozadora, la barbacoa festiva o, como acostumbra en Galicia, la acción premeditada de los incendiarios, como decía una paisana estos días, “por ver as avionetas pasar”.
Dada la asombrosa documentación acumulada en los juzgados del país y por las sucesivas comisiones de trabajo e investigación en el Parlamento de Galicia, las últimas décadas arrojan una catarata de informaciones sobre las razones últimas y primeras de los incendios. Se sabe, además de la causa ya citada de la intervención humana, que los incendios tienen su habitual origen en determinadas comarcas y en un puñado bien delimitado de concellos y hasta parroquias. La minuciosa toponimia del país permite ahora radiografiar los lugares que, de modo inmisericorde, son quemados con mayor regularidad y ensañamiento. Por ejemplo, el macizo central y las sierras del sur y el oriente de Ourense.
Dudo que la prevención de los incendios pueda confiarse, como algunos románticos aseguran, a la voracidad del ganado caprino y ovino, del bovino y aún del caballar
No seré yo quien, con mis romas opiniones, añada confusión a las conclusiones de las legiones de ingenieros forestales y agrícolas, a la guardia civil y expertos de la UME, a los técnicos en extinción y a los políticos que en algún momento se han ocupado con auténtico interés en las causas, efectos y posibles soluciones a los incendios en los montes en Galicia. En mi memoria, ya considerable, aunque selectiva, los fuegos forestales del verano son consustanciales al país, como las verbenas del santo o la virgen de agosto. No lo tomen como resignación o frivolidad. Aquellos han aumentado su dimensión y voracidad en relación directa con el tamaño de los palcos de las orquestas, el número de sus miembros y el volumen acústico. Nadie parece, tampoco aquí, capaz de poner coto al despilfarro y los decibelios. ¡Más madera!, en sentido literal.
Dudo que la prevención de los incendios pueda confiarse, como algunos románticos aseguran, a la voracidad del ganado caprino y ovino, del bovino y aún del caballar. No imagino tanta cabaña ganadera ni tantos pastores dispuestos a esta monumental tarea de país. Se me ocurre que, si hemos sido capaces de cartografiar sobre el mapa los puntos negros de los incendios, quizá se podría establecer sobre ellos un programa capilar de acción preventiva y, llegada la canícula, reacción inmediata. Tal vez permitiera mejorar la eficiencia de los recursos dispuestos y, de paso, atar en corto a quienes actúan “por ver as avionetas pasar”.
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