El verano más hermoso

EL ÁNGULO INVERSO

Publicado: 26 jul 2026 - 06:15
El verano más hermoso
El verano más hermoso | Alba Fernández

Recuerdo ahora mi mejor verano. Bueno, quizás el más extraño. Fue una experiencia que me marcó. Año 74, yo andaba náufrago por Ámsterdam y colaboraba en Radio Paradise, en su programa de lengua española. En aquellos años, Ámsterdam era la ciudad más libre de Europa.

Mira tú, por ejemplo podías instalar la tienda en cualquier parque público de la ciudad. Todavía no había llegado el desencanto, todavía resonaba aquello de “haz el amor y no la guerra”. Pero te cuento: en la céntrica plaza de Dam se situaban furgonetas en cuyos parabrisas ponían: “Nos vamos a África. Solo tienes que compartir la gasolina”. ¡Cielo santo! Incluso las había en ruta a Katmandú. Leí en el parabrisas de un furgón Commer: “Nos vamos a Formentera, tras los pasos de King Crimson”. Quizás el hermano lector no sepa que esa banda mítica vivió un tiempo en la isla y creó el himno “Formentera Lady”. Subimos cinco chicas y cuatro chicos, casi todos de distinta nacionalidad. El propietario de la Commer era un inglés muy espabilado.

Llegamos a Valencia y nuestra economía no estaba muy saneada, pero el inglés sabía un truco. Allá nos fuimos todos al Hospital La Fe; allí vendimos cada uno medio litro de nuestra sangre y cada uno se embolsó cinco mil pesetas de aquellos tiempos. Arribamos, por fin, a Formentera; alquilamos a un paisano una casita cerca del mar. Entonces la isla era casi virgen y no habían llegado los grandes hoteles ni el turismo. Allí nos buscamos la vida en los mercadillos. La canadiense hacía pulseras preciosas que vendía, un italiano tocaba la guitarra y cantaba con “feeling”, una belga leía el tarot con maestría. Así todos. Yo, que había aprendido a recitar con el inolvidable poeta Carlos Oroza, no me cortaba un pelo y recitaba sobre una silla mis poemas y el maravilloso “Malú” de Carlos. Bien cierto, mi cuenco se llenaba de monedas de distintas nacionalidades.

Pero ahí empezaron mis problemas: yo me enamoré perdidamente de la canadiense y, como “macho españolito”, la quería sólo para mí. Tuve algún desencuentro, pero luego todos comprendieron mis traumas.

Mis amigos tenían experiencia en comunas; la norma era que no podía haber parejas, todo rodaba según la magia del momento. Pero ahí empezaron mis problemas: yo me enamoré perdidamente de la canadiense y, como “macho españolito”, la quería sólo para mí. Tuve algún desencuentro, pero luego todos comprendieron mis traumas. Después, se partieron de risa y yo me adapté como pude; tuve que compartirla, cosa muy jodida para mí. ¡Ay!, vienen ahora a mi mente las noches alucinadas de luna llena, fiesta, cánticos, bongos, la playa llena de jóvenes de aquella generación que todavía creía en la utopía. Cierto, eran noches catárticas.

(Maldita sea, la felicidad es esquiva. Me llegó un mensaje de mi querida compañera de la escuela de periodismo, Maribel Outeiriño: “Jaime, si no te presentas a tus exámenes pendientes, pierdes el curso”. No me lo podía permitir, no había alternativa. Lleno de resignación melancólica, tomé el barco para la península; en mis oídos no cesó de sonar la voz de Boz Burrell y aquella canción: “Señora de Formentera, baila tu danza para mí. Señora de Formentera, amante oscura…”).

P.D. Que los hados velen por ti. Venga pues, hermano lector. Nos reencontramos en septiembre.

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